Los treinta del teatro y los que no tengo

En el noveno día de cierre de la ciudad volví al teatro y me estremeció

Llevaba un año esperando para ver Prostitución. Carmen Machi me fascina. Ella, María Pujalte y María Hervás son capaces de convencerme de lo que quieran cuando están sobre un escenario. Treinta entradas. Veinticinco, para ser exactos, porque cinco se las queda la compañía. No tenía claro cómo proceder para asegurarme una. La inagotable paciencia de Rosa me salvó. Ella y Ede son las voces que están al otro lado de la taquilla del Principal. De trato cercano y trabajo impoluto consiguen que cualquier problema tenga solución. El caso es que Rosa me explicó que la venta se haría a través de Internet y que mejor estar preparada frente al ordenador cuando comenzase. Después lo leí en este medio, sí. Quince minutos antes de las 12.00 horas tenía el link abierto y la mano bien entrenada sobre el ratón. Os ahorro la tontería: conseguí mi entrada. Rauda y veloz como soy yo -solo de vez en cuando-. Me pasé todo el viernes nerviosa. Me pasa siempre. Creo que es por la mezcla de ganas y admiración por la interpretación en directo. Llegué pelada de tiempo -mal- y después de tomar las debidas medidas de precaución me senté. Dios. Éramos treinta personas. Qué desolador. Y volví a pensar: ¿realmente es necesario limitar la cultura a este nivel? Entiendo que no es a mí a quien corresponde valorar decisiones de este tipo. Pero qué mierda. Admito que a su vez supone una oportunidad de sentir el Principal como el salón de casa y es un espectáculo en sí mismo. Todavía no os lo había contado -y eso que lo suelto con muchísima facilidad-. Pero por mi cumpleaños monto un festival. Literalmente. Se llama Doachella -por el Coachella, ¿lo pillas?-. Suena alucinante y todavía lo es más si estás en él. Cojo a toda la gente que quiero, sea por lo que sea y esté donde esté, y la meto en la misma casa durante un fin de semana. Encargo carteles en Acero Plus y hasta compro los vasos típicos del ponche de los bailes de primavera americanos. Mis amigos tienen incluso una pulsera de todo incluido. Comida, bebida, baile, risa y felicidad. El colofón final del festival consiste en soltar velas chinas al aire, de esas de papel que con el calor vuelan, y pedir un deseo -o los que sean-. Naciendo el 26 de abril os imaginaréis que este año no hubo Doachella y por tanto yo no cumplí 30. Una decisión muy sabia que tomé estando confinada. Si el covid no me deja celebrar el año, tampoco me deja sumármelo. El caso es que habitualmente superamos el aforo de treinta que anoche tenía pautado el Principal, así que imaginaros qué pena ver el teatro así.

La obra fue un regalo impresionante, tanto por la reflexión que genera como por la puesta en escena. No os lo he dicho, pero a Machi la acompañaban otras dos actrices de sobrada calidad, Nathalie Poza y Verónica Yuste. Salí del teatro exhausta. Creo que hay muy pocas formas artísticas que remuevan más. Para bien y para mal. No me importa. Volveré a estar preparada para comprar la entrada de Jauría -mi tercera vez- o la de la adaptación de Sueño de una noche de verano de la Joven Compañía de Teatro Clásico, porque no me perdería la interpretación de la ourensana Alba Recondo por nada del mundo -salvando un posible confinamiento, claro-.

Hoy no hay conclusión, sacadla vosotros mismos.

A punto de hablar con el ascensor

María Doallo

Quizá sea el momento de cuidarnos y así apoyar a los pequeños empresarios ourensanos

Cuando era niña tenía miedo a montar en ascensor. No me daba tanto miedo quedarme encerrada como que el aparato se cayese a plomo estando yo dentro. Le pasó a mi amiga Belén Vaamonde. Tendría unos seis años e iba con su hermano mayor, Javi, y la chica que los cuidaba. El aparato se paró y luego se cayó un par de pisos hasta topar con el suelo a lo bestia. Salieron ilesos y acojonados, claro. Ella lo llevó genial, como todo, porque si alguien sabe de actitud y de entusiasmo, de sobreponerse y de ver siempre la cara amable y divertida de la vida, esa es mi amiga Belén. Pero fíjate que a mí me hizo mella. Mis padres nunca le dieron la menor importancia a mi pánico, supongo que esperaban que tal y como había venido, se fuese. O en el fondo sabían que yo me las apañaría para redimirlo -sin duda, no se me da tan bien como creen-. Tras muchas escaleras arriba y abajo, se me ocurrió que había una forma para sentirme segura en el ascensor: ganándome su confianza. Así que, elocuente y gilipollas como de costumbre, empecé a hablarle. Me metía temblorosa en ese pequeño cubículo y le contaba cosas. Qué tal me había ido en el cole, qué deberes traía, lo guapo que me parecía tal chico... No sé cómo, imagino que porque no estaba loca del todo, la situación empezó a resultarme tan cómica que el miedo se desvaneció. Cambié la inseguridad por la risa floja y funcionó. Os cuento esto porque vamos por el octavo día del diario, por ende de restricciones que atañen a nuestra vida social, y en mi caso, que las estoy cumpliendo a rajatabla, empiezo a plantearme volver a hablar con el ascensor. Como sigo sin haber llegado a ese punto de locura, os cuento a vosotros mi vida y santas pascuas -al menos por ahora-.

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