El covid-19, sus efectos directos y los colaterales, siguen siendo un tema de conversación recurrente.
No es sencillo, ni mucho menos, afrontar un marrón semejante. Y, sin querer decantarme por la crítica destructiva, la verdad es que mi sensación personal me dice que los responsables de gobernar -o decidir en distintos ámbitos- no han estado a la altura. Generalizar es siempre injusto, pero el tufillo canta a cualquier altura.
Por aquello de la deformación profesional -a mí me pagan por esto-, termino opinando de deporte y sobre todo de fútbol. Conozco a varios entrenadores y jugadores de Segunda B o Tercera. Profesionales -a ellos también les remuneran por lo que hacen-, aunque muchos se empeñen en separarlos de quienes disfrutan de sueldos más altos, por hacer prácticamente lo mismo. Cuestión de dimensiones y del caudal monetario que producen los clubes que militan -no es para siempre- en la Primera o Segunda División.
La preocupación es grande en los profesionales del fútbol regional e incluso autonómico. Lo más fácil parece lavarse las manos y olvidarse de sus necesidades. Pero no utilizan el agua, el jabón y, mucho menos, el desinfectante. Desde la federación española pensaban olvidarse de las categorías que no producen cifras millonarias y dejar el riesgo para el producto televisivo y rentable. Las quejas comenzaron a oírse y ahora parece que están dispuestos a organizarse. Ya eran horas.
Desde luego, la lucha contra el virus es prioritaria, pero nunca debería ser una excusa. Muchos profesionales esperan decisiones meditadas.