¿Solo un vaso?


Llevo tiempo pensando en tirar un vaso que los niños utilizan casi desde que son bebés. Ahora ya no se usa, pero ahí sigue. Además de ser irrompible -es un milagro que haya sobrevivido seis años- me da pena deshacerme de él. Estuve pensado en el porqué de ese apego a un simple objeto y creo que lo que me pasa es que me resisto a que los chavales crezcan. No me gusta el mundo que les va a tocar vivir porque creo que es peor que el que nos dejaron nuestros padres a nosotros.

Y, entonces, mamá, me acordé de lo mucho que tú te esforzaste y lo poco que te lo agradecí. Todo lo que soy es gracias a ti, a tu confianza en mí. He intentado, seguro que con escaso éxito, seguir tu ejemplo. Nunca conseguiré llegar a ser tan buen modelo a seguir para mis hijos como tú lo eres para mí. Sin embargo, al tratar de imitarte, sabré con certeza que voy en la dirección correcta. En estos tiempos inciertos, estar seguro de algo es un regalo. Otra deuda más que tengo contigo.

Y nunca podré pagarte todo lo que te debo. Pero voy a intentarlo. Esto, que te digo cobardemente por escrito, te lo diré por fin en persona la próxima vez que nos veamos. No soy cariñoso y, a estas alturas de la vida, creo que ya no me da tiempo a corregir ese defecto, pero necesito que sepas lo importante que eres para mí con la esperanza de que nunca lo olvides. Yo te prometo que siempre será así, que siempre serás el faro que guíe mi vida, como siempre lo has sido. No sabes lo mucho que me arrepiento de no habértelo dicho antes. He sido un desagradecido. Por eso, gracias, muchas gracias. Te quiero muchísimo, mamá. No lo olvides, por favor.

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