Ni un sueño


La Rosalía canta al son de una Nana: «Nadie a ti te ha conta'o que ningún sueño sabe de horas o tiempos, ni tiene dueño». Claro que escucharlo de su voz intensifica las palabras y, sin embargo, solo hace falta leerlas una vez para que mil ideas te abarroten la cabeza. Nos lo pidió mi Ourense CF hace unas semanas. Que soñásemos, porque soñar solo engorda el alma, las ganas y la autoestima. Luego demostró en un par de partidos que no somos de Segunda B, si no que somos de Primera. Sin embargo, el sueño tendrá que esperar un año más. Y tanto que esperaremos, pero lo conjugaremos con soñar, siempre. Decimos que las partes más amargas de la vida llegan justo cuando no las esperábamos, como si alguien estuviese mirando al huracán mientras se acerca. Pasa lo mismo con las cosas buenas. Eso a lo que algunos se afanan en llamar casualidades. Nos obsesionamos en creer que son algo más, pero no es eso, solo las vemos porque estábamos mirando cuando pasaban. Y aquí caen de nuevo los sueños, incluso los que se van sumando de refilón. Porque no son más que una meta marcada a conciencia, un objetivo a perseguir con fuerza, una ilusión que cumplir. Y más nos vale creer en ellos, porque dicen que esa es la llave para convertirlos en realidad. Espero que un poco distinta a la que tenemos ahora encima, aunque más que realismo lo llamaría ciencia ficción. Llaman locos a los que nos obligan a distanciarnos, nos exigen mascarillas en las playas, nos prohíben bailar en las discotecas y nos piden que limitemos los viajes. «Como si eso fuese compatible con cumplir nuestros sueños», escucho. Siempre puede venir un virus todavía desconocido y mandarte con ellos a la mierda. Yo no quiero renunciar ni a un sueño.

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