Estoy terminando A praia dos afogados. Me dicen algunos que voy con unos diez años de retraso. Y los que no están contando. Nunca es tarde para conocer a un escritor patrio, que digo yo, y Domingo Villar merece ser descubierto sea en el momento que sea. No vengo a hablaros de mi lectura en sí -aunque, por supuesto, la recomiendo y siempre mejor en gallego- sino de la casualidad que la rodea. Lo que ocurrió es que durante mi fin de semana libre, bien apoltronada en la playa, libro en mano, de pronto me di cuenta de que estaba situada ni más ni menos que en uno de los escenarios de la novela policíaca. Que si la Madorra, que si Monteferro, que si Panxón y su Templo Votivo do Mar... ¡Qué maravilla! Algo así como vivir el cuento. Como estar en el lugar adecuado y en el momento exacto. Me dio para reflexionar, muy apropiado a pocos días de la cita con las urnas. Quizá no tanto en ese sentido, en el que mi decisión está tomada desde hace al menos 12 años -siempre con revisión en la actualidad claro, que una cosa es ser idiota y equivocarse, y otra ser inepta y pecar de vaga-. Pensé en lo fácil que sería que las cosas fuesen bien si aprendiésemos a compaginar tiempo y lugar, pero lamentablemente no podemos. Porque hay circunstancias para las que nunca es buen momento y sin embargo, aquí están. Como las peores tormentas. Esas que no pueden preverse. Llegan. Abarcan, inundan, marean, ponen patas arriba y a prueba, todo en lo que creíamos. Pero después se van. Supongo que como en el libro, es el amor contra viento y marea el que nos impulsa a luchar con todo por aquello que más amamos. En cualquier momento y en cualquier lugar. Hasta que, por fin, escampe.

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Viento y marea