Atrapados en las redes


Pasar página o terminar un capítulo es lo que solíamos decir antes de introducirnos en la ciberrealidad de las relaciones online. La sociedad ha cambiado y navegar en las redes se ha convertido en la «nueva normalidad». Los jóvenes han dejado de usar el chat para relacionarse y han comenzado a introducir las redes como un eje fundamental en la construcción de su identidad. Lo que nos gusta se mide en likes, la popularidad en seguidores, y los filtros nos permiten colorear la vida, ocultar la carencia. En un solo clic podemos diseñar una vida social, una imagen de nosotros mismos sesgada por aquello que nos gustaría ser y no somos. Ahora no pasamos página, dejamos en visto, actualizamos perfil, cambiamos el estatus o si todo va muy mal, eliminamos la cuenta, dejamos de existir.

El ciberespacio invade el espacio-tiempo a pasos agigantados. No se está estudiando lo suficiente el efecto del confinamiento durante la crisis sanitaria por el covid-19 y el incremento en la ciberdelincuencia. Aunque les parezca increíble, las relaciones de abuso, la violencia de género, el acoso escolar, las agresiones sexuales, pederastia y muchas otras formas de violencia no desaparecieron durante el confinamiento, más bien, los agresores han perfeccionado y adaptado su forma de delinquir. El ciberespacio y las redes sociales son un arma poderosa, en dónde la víctima nunca deja de recibir violencia y el acto delictivo se prolonga en el tiempo resultando mucho más traumatizante. La herida, invisible, no es un hematoma si no una humillación, un ataque al honor, un vídeo o imágenes con contenidos sexuales, el control por GPS o robo de la intimidad mediante keylogger.

Es urgente que dejemos de banalizar el maltrato a través de las redes. La violencia verbal, el ataque grupal en dónde la crueldad del agresor y sus aliados se ve incrementada debido a la ilusión del anonimato, las humillaciones y los ataques al honor o las amenazas o coacciones a base de emoticonos. Un delito habitual es la sextorsión mediante el cual se contacta a la víctima, se seduce, se convence, se ofrece la idea de «alma gemela infalible» que después invita a un vídeochat que inmortalice un rostro y un desnudo. También el grooming, mediante el cual una persona adulta se hace pasar por un menor durante semanas o meses, consigue conocer sus vulnerabilidades con la finalidad de obtener un beneficio sexual. ¿Saben con quien chatean sus hijos menores? ¿Quién responde a sus historias en abierto? Por supuesto están las sexcams y el efecto manada online, el reenvío o redifusión del delito. La trampa.

Las relaciones sociales mediante redes son altamente adictivas. Las personas tenemos la habilidad de detectar señales cuando nos miramos a los ojos o posicionamos nuestros cuerpos. No obstante, en el mundo online proyectamos nuestros deseos, inquietudes o esperanzas en el vacío existente entre dos mensajes. Existen ciertos códigos de comunicación online, pero el juego, la dominación, el control, la seducción, la atención son elementos muy poderosos. Ya es tarde para evitar esta nueva forma de comunicarse, pero nos falta hablar sobre ello, sensibilizar, concienciar y tomarlo un poco en serio. Si su ciberfantasía ha desaparecido, alce la mirada, abandone la pantalla y descubra el mundo a su alrededor: imperfecto, real y sin filtros.

Lorena Álvarez es psicóloga

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