El conocimiento, el mejor antivirus


Estos días de reclusión, que estamos cumpliendo por la epidemia de COVID-19 que asola el mundo, pueden servirnos para reflexionar, entre otras cuestiones, sobre el mejor modo de afrontar algunos de los retos y amenazas a los que nos enfrentamos como sociedad.

Precisamente, la lucha contra el coronavirus es un buen ejemplo de cómo una estrategia basada en el conocimiento pude triunfar, como ha sucedido en Corea del Sur, donde han conseguido controlar la expansión de la enfermedad sin llegar al confinamiento obligatorio de toda la población, como desgraciadamente ha tenido que exigirse en muchos lugares de Europa.

El éxito coreano ha estado basado sobre todo en una industria tecnológica sólida, capaz de desarrollar rápidamente, en cuanto China publicó la secuencia del virus, test masivos para identificar y aislar inmediatamente a los infectados, frenando así la expansión de la enfermedad en sus inicios. Además de lo anterior, el uso de sistemas de inteligencia artificial para rastrear la propagación del virus, empleando datos de los teléfonos móviles de la población, sirvió para acotar aún más el campo de acción de los servicios médicos y aumentar su eficacia.

En la estrategia anterior estuvieron implicadas numerosas pequeñas compañías tecnológicas, dirigidas usualmente por los científicos que las fundaron durante sus estudios de doctorado o post-doctorado realizados en las universidades locales. Su éxito debería estimularnos para realizar una apuesta decidida como país por el desarrollar estos ecosistemas académico-tecnológicos, que necesitan de amplios consensos políticos y sociales para generar los frutos esperados.

Todo el proceso comienza con una educación de calidad, para lo que es fundamental que la formación de los profesores que imparten clases a todos los niveles sea la mejor posible. En este sentido, una profunda revisión de los sistemas de formación del profesorado de enseñanza primaria y secundaria, en combinación con una adecuada selección de los mejores docentes mediante criterios de excelencia, junto con sueldos acordes a su valía y el reconocimiento público de su labor, serían excelentes medidas a tomar.

En los niveles universitarios, sería necesaria una apuesta económica por la calidad de la docencia y la investigación, incrementando notablemente la financiación disponible. Por poner un ejemplo, universidades públicas como la de Berkeley en USA o la de Oxford en Reino Unido, con un número de alumnos similar a la universidad de Vigo, tienen presupuestos unas veinte veces superiores. Por ello pueden también atraer inversiones privadas mucho mayores que las que se dan en nuestro entorno.

Sería asimismo importante incentivar la creación de spin-off universitarias (actividad prohibida a los profesores funcionarios en España ¡hasta 2014!) eliminando trabas administrativas y dando mayores incentivos fiscales a los posibles inversores, así como fomentar la transferencia del conocimiento universitario al tejido empresarial existente en el entorno, pues muchos de los investigadores desconocen el mundo de la empresa y sus necesidades. Por ello es fundamental, para fomentar una mayor conexión entre el sector académico y empresas que puedan aplicar las investigaciones de los campus, que los legisladores se asesoren con científicos que hayan dado el paso de transferir sus conocimiento creando empresas.

Las decisiones que tomamos ahora como sociedad marcarán el camino para próximas generaciones. En nuestra mano está que ellos puedan disponer de un entorno en el que desarrollar plenamente su enorme potencial, diseñando un futuro que hoy no podemos ni imaginar. Ojalá la crisis que ahora atravesamos pase pronto y sirva para convencernos de que la mejor defensa ante amenazas como la actual es disponer de todo el conocimiento y la tecnología propia que podamos generar.

Humberto Michinel es catedrático en el departamento de Física Aplicada en la Universidad de Vigo.

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