No todos tienen tanta suerte


Tengo suerte. Siempre la he tenido, la verdad. Sin, embargo, este período de confinamiento me ha reforzado en el convencimiento de que soy una persona afortunada. Mis hijos son pequeños, pero llevan sorprendentemente bien el encierro. Eso sí, el chaval se queja cada vez que hablamos del monotema: «¿Pero otra vez con el coronavirus?». Quienes más me preocupan son sus abuelos, pero están todos bien, sanos y a salvo en sus casas. Tengo suerte porque, pese a que estamos lejos, sé que tienen cerca a gente que les echa una mano (o las dos). Y estoy muy muy agradecido.

Yo soy un afortunado, pero muchos ourensanos no lo son tanto. No quiero ni imaginar la angustia que están viviendo los familiares de las personas que están ingresadas en el hospital, en la residencia de Baños de Molgas o, en general, en cualquier geriátrico. Tampoco debe ser cómodo estar en la piel de los parientes de las auxiliares de ayuda a domicilio, o de los propios usuarios del servicio, que conviven a diario sin las más mínimas medidas de protección y con temor al contagio.

Ojalá todo esto pase pronto, que podamos volver a la normalidad, celebrar los cumpleaños por todo lo alto, planear una escapadita, salir a comer y a cenar fuera, tomar unas copas... Ojalá todos podamos hacerlo y que nadie más se quede en el camino por este maldito virus. Sé que no es posible y que las cifras diarias de fallecidos son escalofriantes. Pero seguro que hay muchas muertes que podemos evitar si estamos a la altura como sociedad; los ciudadanos individualmente, pero también la Administración.

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