La columna de Isaac Pedrouzo: «El Ignacio -porque Ignacio debería llevar artículo por ley y obligación- echaba de menos la ciudad incluso antes de haberla abandonado. Era hombre distinguido de negocios»
29 feb 2020 . Actualizado a las 05:00 h.El Ignacio -porque Ignacio debería llevar artículo por ley y obligación- echaba de menos la ciudad incluso antes de haberla abandonado. Era hombre distinguido de negocios. La gabardina impecable de tono pastel siempre a juego con el marrón desgastado de un maletín de mano que quería ser de piel.
El Ignacio y su inherente maletín. Llegó a la estación de tren con las piernas un poco agarrotadas por su postura de dormir, tanto viaje por negocios y todavía no había sido capaz de desarrollar una posición confortable.
Como todas aquellas veces que durmió con ella en la cama de noventa. El consuelo de que el Talgo se hubiese convertido en Alvia no alivió, sin embargo, los pinchazos en el cuello ni el sabor amargo del café de dudosa procedencia que, un azafato estirado, le había ofrecido por un precio casi insolente. El café, que acabó yéndose por el retrete del habitáculo individual. Allí, donde el esfuerzo sordo a veces suena más que el grito atronador.
Quiso El Ignacio llegar a su hotel caminando. Ignorante desconocedor del contraste que la quemazón del sol de primavera hace con la frialdad inesperada del devenir caprichoso de una nube juguetona. La que encoge los dedos de los pies. Condenado clima antojadizo el de aquí abajo.
Trató de parar un taxi alzando la mano, como quien pide vez para tomar la palabra, sin éxito ni resultado. El maletín empezó a pesar más de lo habitual y las piernas que no se habían recuperado. Maldita siesta somnolienta. Maldito traqueteo.
Alguien debería haberle explicado que aquí los taxis nunca paran. Le asaltó entonces el hambre de la merienda, ese que no es hambre ni es gula, pero si tortura
hostigadora hasta fin de obra. Era esa hora rara donde el mundo no te da un guión a seguir. El Ignacio preguntó en recepción, pero tampoco nadie le había dicho que en esta ciudad las cocinas no abren hasta las ocho. Y el pobre, desafortunado vegetariano en tierra hostil, apartaba el atún del sándwich vegetal que una cafetería vacía le había preparado tras una
larga espera injustificable. Acudió puntual al lugar acordado para su reunión de negocios.
Porque no olvidemos que El Ignacio, si algo era, era hombre de negocios.
Se encontró un bar moderno donde él esperaba hallar una oficina. Una sala de juntas al menos. Pero allí solo había un bar que jugaba a ser mayor con sus precios desorbitados. Con sus falsos modales de alta posición social y su paisaje empedrado y costumbrista.
Al Ignacio no lo avisaron, tampoco, de que los negocios los hacemos en la barra, con el vino y la tapa. Con la americana del traje desabrochada sin protocolo ni modales fastuosos. Volvió ebrio de madrugada al hotel, cruzando en línea recta la zona vieja. Una sonrisa cómplice pero burlona del recepcionista. Salió puntual de la habitación por la mañana ignorando la norma tácita con que tratamos aquí
la libertad de horarios. El Ignacio se durmió al subir al tren.
Seguro soñaba con volver.