No sé cual fue el día exacto que te hiciste mayor. No sé por qué lo hiciste, tampoco. Qué manía tenéis algunas personas con crecer. Quizás me despisté, o te despistaste tú y ya era demasiado tarde para volver a ser pequeña. Algunas veces pienso que realmente ninguno de nosotros tenía que haber crecido.
Allí no existía ninguna preocupación más que no dejar que te abrieses de nuevo la cabeza contra la esquina de alguna mesa mal colocada por casa, o tratar de asustarte con algún monstruo imaginario para que no acabases en el pueblo de al lado. Pero nunca fui un buen hermano mayor. Por eso había otro. El día que llegaste quise vender todas mis cosas. Necesitaba todo nuevo para volver a empezar, y todavía no tenía yo la destreza suficiente para hacer fuego y quemarlo todo. Mucho menos para controlarlo. Desistí y me quedé.
Tú no lo sabes, pero al principio yo no te quería. Parecías gitana con aquel pelo tan negro pegado a la cabeza detrás de las orejas. Me escondí durante un tiempo en el piso de arriba, el único sitio de casa donde no podía encontrarte, y cuando alguien te subía en brazos corría a jugar eternos partidos de fútbol en un pequeño descampado, ese que parecía un lameiro propiedad de la iglesia de la Milagrosa. Me iba después de comer y volvía después de cenar, justo a la hora en que tú siempre dormías. Tuve que acostumbrarme a ti, sobre todo cuando no tuvimos más remedio que mudarnos y nos dejaban a ambos en la guardería de aquella iglesia. A ti porque todavía eras demasiado pequeña, a mí porque el colegio empezaba más tarde que el horario laboral adulto.
Llorabas todos los días y la pobre Ángeles se desesperaba con cada llanto, alguno sordo, que fingías estudiado, a veces violento. Pero, como si de un remedio celestial se tratase, enmudecías en tu empeño de atención cada vez que yo asomaba la cabeza a aquella trona horrible donde te sentaban. Y empecé a quererte.
Pasamos varios años en la guardería de la iglesia, incluso llegaste a aceptar y comprender que aunque me fuese, volvería a buscarte. Quizás fue justo ahí que empezaste a hacerte mayor. Incluso antes de aprender a hablar. Renunciaba de manera involuntaria a rebumbios y partidos alocados sin darme cuenta para enseñarte libros infantiles -muchos inútiles- donde salían tigres y leones. Tú los señalabas con tus pequeños dedos choriceros. Yo solo me reía y pasaba la página. Ángeles nos miraba desde su mesa abarrotada de cruces -también inútiles- en silencio. Yo tampoco decía nada, ni tú. Pero era suficiente para mí.
Después me convertí en el hermano mediano al que nadie quiere. El independiente, estúpido y cruel adorador de la libertad. Me creí más listo que los demás.
Y me fui. Cuando quise volver tú ya eras mayor, no me necesitabas y fue entonces que descubrimos que era yo el que te necesitaba a ti. Aunque solo fuese por tu facilidad innata para regatear los contratos de Internet. Y te fuiste. Por suerte no muy lejos ni por mucho tiempo.