Todas las canciones me recuerdan a ti


Me despertó la alarma del móvil a la hora habitual. Esa hora que nunca es la misma hora. Sonó One Day de Sharon Van Etten, la única canción que no he aborrecido como despertador. Me recordó a ti. Y mientras me duchaba fui consciente del tiempo en que no me asaltabas la memoria. Salí a la calle perezoso. Me paré en el paso de peatones que justo asoma al escaparate de Adolfo Domínguez, esta manía absurda de cruzar cuando el semáforo se pone en verde siempre me hace llegar tarde a

todas partes. Embobarme con cualquier cosa también. La reproducción aleatoria del teléfono resolvió la espera con Asleep, la voz de Morrissey sonaba igual de fría que todas aquellas veces en que me llevaste a comer helado. Todas aquellas veces en el Reno, al lado de la juguetería donde nunca llegamos a entrar. Todas

aquellas veces que se me quedaron atrapadas en la memoria. Subí la Avenida de La Habana para recoger mi traje gris de la tintorería. Esa que antes era una tienda de discos. Una tienda de seguros. En el hilo musical, más alto de lo habitual, sonaba La Vie En Rose. Pensé en ti sin remedio, la dependienta cantaba en susurros, pensé en las mañanas de misa en la Iglesia de Santa Eufemia, cuando todavía volvíamos a casa el domingo. Querer robar el cepillo. Quedarnos dormidos.

Me dieron igual todas las prisas con las que 8 de Los Planetas se empeñaba en apurar el café por los auriculares. El café de siempre, el de la terraza del AnyAn. Y al tararear «pero esto es suficiente para mí» volviste a invadir mi rutina ordinaria, con tu imagen inofensiva haciendo

cola porque el F. C. Barcelona jugaba en la ciudad y no ibas a permitirte ser infeliz por perderte aquello. Estaba Pep. Estaba Rivaldo.

Noté romperse algo dentro de mi zapatilla derecha. Justo al lado del Todo a Cien cerca de Hacienda. Porque, no nos engañemos, para ti y para mí siempre serán Todo a Cien. Entré a por unos calcetines nuevos, es probable que peores, mientras en los pequeños altavoces del

mostrador una locutora emocionada presentaba Oh Darling. El chillido de McCartney sonaba parecido a tu grito sordo e histérico. Al que nos delató el día que inauguraron el centro comercial y se nos ocurrió robar una plancha en la tienda de electrodomésticos. En la sala de espera no había música. Y yo solo pensaba en todas las cosas que no te conté.

En donde narices íbamos a esconder una plancha sin ser vistos. Los calcetines me apretaban fuerte los tobillos. Apuré el paso hacia el supermercado de la calle

Concejo. Hacia la zona de congelados donde nunca hay nadie. Una madre, más joven que yo, le cantaba austera a su hijo Te doy una canción afinando mejor que el propio Silvio. La imagen sonaba igual que todas nuestras mudanzas. Sonaba a bajarse del tren en la estación de San Francisco. Donde nadie se ha vuelto a bajar.

Compré unas croquetas de jamón. De marca blanca. Las que solíamos comer.

Volví a casa entre tus canciones a la misma hora de siempre. Esa hora que nunca es la misma hora.

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