Echo de menos algunas cosas que he perdido. A mis amigos, antiguos partícipes de situaciones insensatas. Los que ya no se ríen de mis chistes ni escuchan atentos todas estas absurdas teorías conspiradoras sobre lo perjudicial de la pasta de dientes. Los que ya ni siquiera prestan atención, aunque disimulen. Hace ya algún tiempo que se me han escapado el flequillo, el enfoque y todas aquellas veces en que quise salir de aquí. Siempre pensé que no me iba a quedar.
Por escapar hasta se me ha escapado el verano. Ese maldito verano opresor.
No sé en que momento exacto el verano dejó de ser verano, ni tampoco cuando empezó a importarme. A mí, inútil fanático de las temperaturas que no queman ni hielan. Pero en algún momento del camino extrañé los 42 grados rebotando en las piedras irregulares de la calle Hernán Cortés, entre el olor a pis de los andamios y el tambaleo de las palomas casi pidiendo que las maten allí mismo.
Echo de menos bajar las persianas, creerme inocente que así desaparecería el bochorno del valle, que cubrir el sofá con la sábana bajera blanca me salvaría de todas esas tonterías sobre la vida moderna tan aburridas. Tan funcionales.
El aire acondicionado. El ventilador de frío. Refugio de lo absurdo. Extraño a mi padre y sus explicaciones justificatorias sobre lo beneficioso de tener la piel morena ante el oído atento de todos los asistentes a las piscinas de Oira. De como me contaba que también Julio Iglesias solía ir allí con Papuchi. A mi padre dejé de echarlo de menos hace muchos veranos, a Julio todavía no.
Echo de menos el calzoncillo retorciéndose por la regañeta. Colocarlo mientras el camarero de La Coruñesa me observa asfixiado, firme e impertérrito, víctima del olor rancio de la churrería que vivía aparcada enfrente. Como si nunca más fuese a abrir. La pajarita incapaz de apretar. La axila de transpirar.
No sé en que momento se torció, sobre todo los agostos, quizás cuando empezamos a usar calcetines en verano y prescindimos de ellos en invierno, o el día en que Andrés ya nunca más montó su batería artesanal en la plaza para interpretar a su manera los éxitos de discoteca.
Quizás el verano se fue con las discotecas. Con La Bomba, con el Yo quiero bailar. Con Fifties.
En el fondo también los extraño. Este nuevo verano ya no conlleva ningún tipo de responsabilidad.
Es por eso que echo tanto de menos aquel otro, el de los polos de naranja sin sabor a nada, el de los parques de tierra donde no había más agua que el mísero chorro de la fuente que solo funcionaba los días impares.
Echo de menos al tipo gordo de mi barrio y su manera sexy de mojarse con la manguera en el balcón frente al colegio de monjas. Hipnótico. Como si alrededor no hubiera nada más que mirar.
Y así empecé a odiar un poco este verano donde parece que nunca pasa nada, donde los termómetros y sus temperaturas desmesuradas ya no salen por televisión dándonos ese ansiado instante de gloria. Pero es verano, aunque sea otro verano, aunque ya no queme.