Me pregunto a menudo cuántas canciones se le habrán quedado en el cajón. Allí al fondo. Donde nadie mira.
También me cuestiono muchas veces por qué nunca usa una silla.
Porque nadie nunca le ha regalado una. Porque no lo he hecho yo mismo incluso, que he tirado algunas a la basura en cada una de todas las mudanzas.
No sé su nombre, aunque me gusta pensar que se llama Genaro: Genaro el heavy. Solía sentarse justo al lado del Banesto de la Rúa Paseo, pero hace varios años que se mudó a la calle paralela que pasa ruidosa por encima, donde siempre se dejan las luces de las farolas encendidas. Creo que se cambió por culpa de la música, aunque suene irónico, porque de pronto un día, unos metros más allá, se instaló un austero imitador de Sabina. Porque tres semanas después una violinista indefectible asombraba a los paseadores de bolsas con siglas de distintos colores con su perfección abrumadora. También se unieron una pareja que decían escuchar animales -aunque solo resultó ser la irritante voz de Dylan- y un clarinetista vanguardista enamorado de Sinatra.
Y los niños dejaron de detenerse frente a Genaro. Dejaron de poner los dedos en forma de cuernos. Dejaron de voltear sus cabezas. Dejaron su fe en la música rock.
Ya no había sitio suficiente. Igual que en tu dormitorio.
En su nueva ubicación, mi camino rutinario hacia un bar donde yo acostumbraba a poner música solía cruzarse con él. Una extraña sensación de respeto y miedo moderado se me metía por dentro de la camisa hasta agobiar las muñecas, la presión ficticia con la que los botones de los puños parecen ahogar la circulación. Suspirar azorado. Acelerar el paso. Esconder la mirada.
La sumisión y el temor cedían cuando el insoportable sonido del solo de Pardao desaparecía entre el olor fatigado a calamares y el humo cegador de hamburguesa, mientras las preguntas inevitables seguían rondando alrededor. ¿Cuántas veces habrá tocado la misma canción?, ¿acaso sabrá otra?, ¿Cómo consigue evitar los cercos de las axilas?, ¿conocerá la derrota del rock?
La voz siempre se le ahogaba en un amplificador diminuto de catálogo de juguetería, en su barba larga, como si esta pidiera que la corten de una vez, su propia reina de corazones pidiendo justicia terrenal entre cigarrillos de liar.
Y el ruido insoportable de la indiferencia de los transeúntes.
Creo que se ha aburrido de tocar. Ahora lo veo sentado allí, tedioso entre la farmacia y el estanco, con los brazos apoyados sobre la guitarra, descansando el pasado con las piernas cruzadas, con la funda medio llena de monedas de cobre. De canciones que ya nadie usa.
Sin horario ni pluses por horas extras. Pareciendo un tipo normal que solo hace eso: tocar sentado en un portal.
Me pregunto a menudo donde duerme Genaro. Como serán sus hijas. Si tampoco soporta los 30 grados inesperados de mayo. Si a él, como a mí, le aseguraron que era fácil ser alguien. Él, al menos, es Genaro, el heavy que sonríe de medio lado.