Tuve conciencia de la mierda desde muy pequeño. No en vano una de mis tías es campeona mundial de pedos del barrio de la Carballeira, título

que le dieron de forma inquebrantable y que es probable, pronto conviertan en honorífico. Glorioso con su nombre. Solo para ella.

Sin rival no hay competición. Ni siquiera yo, experto en el tema, pude estar a la altura. Y fue esta herencia flatulenta la que me fue llevando por la vida a trompicones, siempre dejando huella -a veces de manera literal- y convirtiendo en inolvidables algunos recuerdos, sin que ello suponga un sentimiento de placer.

En el cine Xesteira estrenaban Armaggedon. La mirada sofisticada de Bruce Willis, fecundadora con tan solo un parpadear, se veía a lo lejos.

Épica en tonos naranja. Salvar el mundo, decía.

La inocencia de mi corta edad se armó del valor suficiente, o necesario, para invitar a una compañera de mi primer trabajo a aquel estreno. Fue sencillo. Detrás de una barra, a altas horas y con mucho alcohol alrededor. Alguno por dentro también. Pero el efecto heroico, como el amor que a veces solo dura unas horas, me abandonó al día siguiente.

En el hall ella observaba la cartelera que abarrotaba la pared con títulos seductores de finales de los 90. Yo hacía cola en la taquilla, en la pared contraria, adoptando mi papel de hombre confiado de talante controlador de situaciones. La quise querer desde allí.

Desde lejos.

El retortijón avisó claro mientras guardaba el cambio en el bolsillo, mientras ella compraba chucherías en el pequeño mostrador del fondo al lado del lavabo. Lo evité terco y lo guardé donde se guarda lo que no hay que contar: dentro, muy adentro. Al lado de todas las inseguridades.

Cuando el acomodador abrió la tela roja que separaba la sala de la realidad y señaló nuestras butacas, otro desorden extraño y casi violento me atacó debajo del ombligo. Un dolor leve y cadencioso que duró más allá de los trailers.

Y fue allí, deseando adorarla en aquel asiento incómodo delante de Liv Tyler, en el cine donde siempre sucedían historias extraordinarias, que los nervios querían traicionar a mi calzoncillo.

Apretando una nalga contra la otra observé salvadora una puerta a mi izquierda que comunicaba directa con el lavabo, y aunque mi reacción fue ágil y discreta, el olor silencioso delató mi maniobra. Pero ya estaba en pie. No había marcha atrás. Sentí como el aroma me perseguía durante el recorrido. Noté como ya no podía mirar atrás y asumir mi culpabilidad. Deseé que el mundo se parase ahí durante unos años.

Me miré en el espejo del baño, preguntándome que tipo de cara tiene que lucir uno cuando el pedo ya es irremediable, y sin respuesta posible me lavé la cara, levanté la barbilla y volví a mi asiento.

Su butaca estaba vacía. Bruce Willis se sacrificaba para salvar a la humanidad y Aerosmith me golpeaba en la nuez desde todos los altavoces.

El cine Xesteira fue espectador de lujo de otra crisis mundial. La del peor olor.

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El peor olor