Y los sueños


Quizás la literatura del Siglo de Oro esté anquilosada en plena centuria de los años 2000 y no digo más si estamos hablando de deporte, pero a casi todos se nos ha escapado un «y los sueños, sueños son», al más puro estilo de Calderón de la Barca.

Yo me sé uno, muy de nuestro tiempo, protagonizado por el ourensano David Monreal -vocación de emigrante, faltaría más-, que se apasionó por el rugbi en la catalana Hospitalet y, con el balón oval bajo el brazo, cruzó el mundo para llegar a Nueva Zelanda. Ni el mismísimo Willy Fog en onírico. Aquel talonador que llegó a vestir la roja del XV del León se enroló en las filas del Christchurch, el decano en las Antípodas. Llegó con el hombro hecho puré y ofició de entrenador en la base. Lo adivinan, a fuerza de tesón llegó a reaparecer en la mismísima meca de su de deporte.

Incluso echó raíces -matimonio e hijo-, a la vez que se empapaba de una doctrina deportiva que trasladó años más tarde a Vigo -primer ascenso a la máxima categoría- y a Ourense, en una poética forma de cerrar el círculo. Porque Monreal era la pieza que le faltaba al puzle del Campus para arraigarse a orillas del Miño, en terreno universitario. Constancia, concentración y espíritu de lucha.

Lo que fue capaz de hacer el entrenador/jugador en el feudo olívico se tradujo en crecimiento paulatino en su nuevo club, desde la Autonómica hasta afianzarse en la División de Honor B. Y ya ratificado como mejor equipo masculino de Galicia, cuando parecía difícil subir otro escalón, llega la eliminatoria por el ascenso a la máxima categoría, ante el invicto Ciencias. Y los sueños, sueños son, en equipo.

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