Algo de verdad y de justicia


Tragedias como la de Angrois, que te tocan tan de cerca, te cierran el estómago y atan un nudo en tu garganta. Tragedias como la de Angrois no pueden olvidarse, probablemente tampoco perdonarse. Tragedias como las de Angrois son capaces de sacar lo mejor de un pueblo (los vecinos ayudando, Galicia llorando...) pero también lo peor (políticos dando la mano pero sin rendir cuentas).

Lo único que querrían las familias de los fallecidos en la curva de Angrois -entre los ochenta, las ourensanas Celtia, Eva, Carolina y Ana María- no se le puede conceder. No recuperarán a sus hijos, hermanos, padres, esposos... Por eso resulta humillante que no se les otorgue algo mucho más sencillo, más asequible, simplemente humano. Lo decía el presidente de una de las asociaciones de víctimas, Jesús Domínguez, en la comisión de investigación del Congreso. «Algo de verdad y algo de justicia». Resulta conmovedor el uso de ese indefinido. Ya no piden verdad y justicia. Piden, al menos, «algo».

Escuchar a las familias de las víctimas es recibir un puñetazo.

«¿Cómo puede hacer cinco años que no la veo? ¿Tú sabes lo que es acordarse todos los días de ella y no poder hablarle ni oírla?». Lo dice la madre de Celtia.

«Mis sobrinas llevan cinco años sin madre y van a crecer sin ella». Lo dice el hermano de Ana María.

¿De verdad es justo que no se permita a estas familias que su herida se cure aunque la cicatriz que deje los vaya a marcar de por vida?

¿De verdad no se merecen algo de verdad y justicia?

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