Todos recordamos a alguno. El que te suspendía siempre en Historia del Arte porque no identificabas bien a los pintores del Quattrocento; la que te hacía temblar cada vez que entraba en clase como un torbellino porque sabías que podía sacarte al encerado para hacer integrales que no tenías ni idea de cómo resolver; el que te estimulaba los martes y jueves por la tarde porque evocaba los sucesos de la Revolución Francesa como si los hubiese vivido en primera persona. En nuestra vida todos hemos tenido muchos maestros y profesores, y todos han dejado una huella en nosotros. Buena, mala, regular o excelente, pero ahí están esos individuos que nos ayudaron a forjarnos como personas.
Tal vez convenga tener en cuenta, justo ahora que acabamos de celebrar el día del maestro, que sin docentes seríamos unos auténticos borregos. En un momento en el que el papel de estos profesionales está tan denostado, es bueno recordar que cumplen una de las labores más importantes de nuestra sociedad. Así que no se entiende que las administraciones públicas lleven años complicándoles la vida con cambios legislativos, recortes y falta de acciones de formación, o que los padres se empeñen en cuestionar su autoridad, y su valía, solo para que sus hijos -que deberán enfrentarse a un mundo muy competitivo- no sufran.
Sería comprensible, con este panorama, que las facultades de educación infantil, primaria o secundaria se estuviesen quedando vacías por la falta de vocaciones. Pero esto no es así. Pese a todo seguimos teniendo a gente que quiere ser maestro, que quiere educar y formar en las mejores condiciones. Dejémosles trabajar.