Los planes


Con la necesaria remodelación de la circulación vial en la capital ourensana pasa como con tantos otros proyectos que afectan a esta nuestra ciudad: acaban enredándose en una espiral de estudios, informes y comisiones de trabajo que, cuando finalmente se plasman en papel (o en power point), se han convertido en monstruos de tales proporciones que nadie se atreve a dar el paso de ponerlos en marcha. Entre otras cosas, porque cuando llega a ese punto y se ha convertido en lo que llaman plan -que por otro lado es lo que buscan los políticos porque queda muy bien presentar un plan de vez en cuando, y cuanto más gordo mejor- el coste es tan descomunal como inabarcable. Así que, para disimular, toca pedir subvenciones, que tardan lo suyo y, mientras tanto, igual cambia el signo político del sillón presidencial. En ese caso, ya se puede dar por perdido, porque los que están en la oposición no lo van a hacer suyo, al menos no sin volver a pedir más informes y estudios y convocar comisiones para quitar algo por aquí y poner algo por allá con el objetivo de que quede claro el sello propio. Y luego hay que volver a pedir dinero a otras instituciones y si hay suerte y no son de los nuestros, ya hay excusa para meterlo en un cajón y no volver a sacarlo hasta las siguientes elecciones, en las que servirá de munición para reprochar al contrario la falta de apoyo. Y así hasta el infinito. Digo yo que igual sería mejor no plantearnos hacer un plan, sino una sola cosa. Pequeña. Solo una. Por ejemplo, poner coto al caos que se monta a las puertas de los colegios. El más largo camino comienza con un paso, ya saben. Y a veces es un paso infantil.

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