Resulta difícil de entender que en un territorio en el que se profesa tanto amor por la tierra, se conviva cada temporada un número tan alto de incendios forestales.
¿Quién no ha escuchado alguna vez el relato de una riña entre dos vecinos enzarzados por los límites de una finca que incluso llegaron a las manos por medio metro de terreno? Y es que ese apego a la tierra sigue presente en una parte importante de la población que, sin embargo, demuestra tener mucho menos interés por el cuidado de algo a lo que concede tanto valor. Porque una cosa es tener una finca y otra distinta, por lo visto, echar mano de la desbrozadora para mantenerla sin maleza y protegerla de un incendio forestal que la arrase y, además, se lleve por delante a las que se encuentren a su alrededor. Aunque parezca increíble, esto es un asunto secundario.
Así que con esta dejadez de los propietarios, consentida por unas administraciones públicas que no ponen los medios suficientes para que los montes estén limpios antes de que comience la temporada de alto riesgo, llega cada verano el momento del incendiario, que no lo puede tener más fácil para conseguir su propósito. Lo único que necesita es la oportunidad, porque el combustible ya lo tiene a su disposición.
Y de esta forma asistimos a los mismos acontecimientos, año tras año. Decenas de incendios que dejan desolación y muerte, la impotencia y el miedo de los vecinos afectados, el recuento de hectáreas ardidas y el lamento de unos y otros porque no se consigue terminar con esa lacra. Pero, realmente, ¿hay alguien que se haya propuesto de verdad acabar con esta situación?