Tengo que confesar que me desespera esa tendencia, cada vez más extendida, de renombrar cosas o conceptos que chirrían a nuestra aséptica, delicada y políticamente correcta sociedad moderna. No puedo con quienes critican por una especie de definición ideológica a los empresarios y, a vuelta de mitin, prometen apoyo a los emprendedores. Es una sutil perversión del lenguaje que pretende que pensemos que son cosas distintas y que cuando los segundos abren un negocio y arriesgan sus ahorros en la aventura lo hacen por puro altruismo; que no solo firmarán contratos fijos de nóminas generosas desde el minuto uno con sus empleados, sino que les repartirán cada céntimo del beneficio que obtengan. Me enervan las expresiones compuestas que suavizan la realidad y logran que un asesinato no genere la misma alarma social si la mujer muere a manos de un terrorista del Estado Islámico que si el varón que la mata es o fue su pareja -víctima de la violencia de género, se le llama entonces-. Como si la vida de la primera fuese más valiosa y más injustamente truncada que la de la segunda. Pero dicho lo anterior, también reconozco que hay cambios que me parecen oportunos. Como el que define a las personas que dejan su país natal para buscarse las habichuelas en otro. Migrantes, se les llama ahora. No in-migrantes ni emigrantes. El cambio no solo es etimológicamente correcto, sino socialmente exacto. Porque esa letra que antecedía nos hacía ver y tratar de distinto modo a uno u otro y olvidar que el emigrante ourensano es tan inmigrante en Alemania como lo es aquí el colombiano que vive en la calle Progreso.