La campaña


En primero de carrera iba a clase con una máquina de escribir. Olivetti, verde, con maletín a juego y el peso equivalente a un muerto. Como imaginarán ahora escribo en un ordenador aunque también subimos noticias a la web desde el móvil. Las cosas han cambiado y no ha habido un solo día en el que me haya preguntado el porqué. Es la vida. Y la verdad es que no echo en falta la maldita Olivetti.

Veinte años han pasado y no todo ha evolucionado de forma proporcional. Miren las campañas electorales. Ahí están. Dirán algunos que ahora hay tuits, posts y blogs. Pero poco más. Ahí están las pegadas de carteles (cada vez más cutres, eso sí), los mítines (cada vez más vacíos... y no me refiero solo al público), las visitas de los candidatos a todo lo que se pueda visitar... Tendría sentido si, hasta resultar elegidos, hubieran vivido en Saint Olaf (ya saben, el pueblo de Rose, la de Las chicas de oro) y estuviesen recién aterrizados. Pero con el conocimiento de la provincia -de sus sectores productivos, de sus asociaciones, de sus colectivos sociales y culturales- debería pasar como con el valor en la mili: se les supone.

Esta misma semana en el Banco de Alimentos se negaban a que algunos candidatos posasen para la prensa en las instalaciones de la oenegé. Puro sentido común. Si algún partido se ha acordado ahora, a las puertas de las elecciones, de que no sabe cómo se trabaja en el Banco de Alimentos, es lícito que quiera informarse pero para eso no hace falta convocar a los medios para asomarse a una fotiño. Sé que son las reglas, que lo hacen todos, que es lo que hay... pero es que ya no se escribe a máquina.

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