A lgo debe de fallar en nuestro ADN para que cada verano nos empeñemos en destruir nuestro tesoro natural que, dicho sea de paso, es una de nuestras riquezas más indiscutibles. Año tras año los incendios van devastando el territorio ourensano, desnudándolo de árboles y matorrales y, consecuentemente, expulsando también a la fauna que se alimenta y cobija en ellos. Lo que ardió el pasado año, no se quemará este, pero volverá a ser pasto de las llamas en cuanto la tierra comience a recuperar el material combustible en su manto verde. Y así, una vez tras otra, hasta el infinito, sin que los lamentos de un verano sirvan para arreglar nada el siguiente. Los accidentes ocurren. Siempre habrá chispas que salten de una máquina, un conductor desconsiderado que tire una colilla por la ventanilla o quemas que se descontrolen por el viento. Pero, seamos serios: la mayoría de los fuegos no tienen ese «inocente origen», por mucho que esas circunstancias estén detrás de la mayoría de los casos que llegan a juicio. Cabe preguntarse si al final solo se atrapa y «pagan» los autores más involuntarios -que además no se esconden y suelen reconocer la autoría, e incluso dan aviso del problema- o es que no trascienden otras detenciones. Pero el problema genético de falta de apego a nuestra riqueza forestal no es únicamente del que prende el fuego. Lo es también de quien tiene el deber de velar por ella, de prevenir para que, si el accidente se produce, el mal sea el menor y el fuego no encuentre condiciones para convertirse en desastre.