Como sociedad. Como educadores. Como vecinos. Algo estamos haciendo muy mal todos cuando todavía hay hombres (o mujeres) que matan a sus parejas. Que deciden llegar a rajatabla aquello de «hasta que la muerte nos separe», y que se convierten en verdugos de quien -se supone- en algún momento significó amor. Es irreal, pero es una realidad. Y a veces, además, nos toca cerca. La semana pasada, en la provincia. Parece como de otro mundo que décadas después de que el divorcio sea un derecho, todavía haya quien no sepa poner fin a una relación. Algo falla. Y algo fallamos todos. Sobre todo cuando las estadísticas alertan de que crece el número de adolescentes víctimas de malos tratos, sean físicos o verbales, de sus parejas. De novios que quieren saber en cada minuto dónde están. Eso significa que lo hacemos mal. Que inculcamos (o al menos no les hacemos llegar la versión contraria, y ahí el enorme fallo) que es «normal» controlar a tu pareja, saber a cada minuto qué hace o con quién está. Me dan escalofríos cada vez que veo el anuncio de la jovencita que aconseja a otra: «rompe con él». Me dan escalofríos porque indica que no hemos evolucionado nada y que arrastramos actitudes machistas que vamos pasando de generación en generación como si fuesen una tradición a conservar. Y eso es culpa de todos. De todos como sociedad. Que dice que fallamos. Y no deberíamos fallar. No deberíamos hacerlo. Por ellas. Por nosotras. Por las que vendrán después. Porque el amor es otra cosa.