Hacía falta consenso en el consejo regulador de la denominación de origen Valdeorras. Hacía falta armonía en el interior de un sector que en lugar de luchar unido para buscar y ampliar mercados, para labrarse un futuro, para capear la crisis y salir reforzado; se dedica a matarse en luchas internas que no llevan a ningún lado. Que haya nueve vocales con intereses diferentes (y en algún caso, muy particulares; no por curiosos, sino por hacer de lo público el lugar en el que defender lo suyo, lo propio, sin importar lo de los demás) que no sean capaces de hablar entre ellos, evidencia la ruptura de un sector que separado no hace más que ponerse piedras en su propio camino. No es bueno, no beneficia a nadie (bueno, a alguno sí, pero son los menos, aunque a veces sean los poderosos) y no lleva a ningún sitio. Y en esas luchas internas, unos por un lado y otros por el otro, acabaron todos pensando en la misma persona. Vicente Solarat, el exalcalde, el eterno político rués, el todavía concejal que suele estar callado en los plenos, pero que cuando habla, sube el pan... El que se caracteriza por no tener pelos en la lengua. Y por su don de gentes. Y que, si por algo se ha definido todos estos años, es porque no es un hombre de consenso. Más bien de extremos. Tiene sus fieles, sus muchos fieles. Y sus detractores, sus muchos detractores. Apenas deja indiferente a nadie. Difícil unir a nueve personas y que tengan la misma opinión sobre él. Aquí ha pasado (bueno, fueron ocho, el noveno se abstuvo). Solarat es el consenso.