El padre Silva


Leo con entusiasmo la noticia de que regresa a Galicia el Circo del sol que trae su «Alegría» a Santiago, eso dice el titular del suplemento Fugas de este periódico. Comienzan mis ojos a descubrir letra a letra, la utopía que empezó hace 27 años, según versa en dichas páginas. Como casi todas las grandes obras del hombre, todo lo origina una imagen en el cerebro, que luego se plasma en papel, para más tarde, persiguiendo ese sueño, terminar en el día a día de los que se adhieren y disfrutan de él, convirtiéndose en una herramienta de felicidad para la humanidad. Entonces, es en este momento cuando viene a mi mente la imagen de un hombre ourensano. El padre Silva, muerto hace pocos meses rodeado de su familia y de los de siempre, incluyendo ausentes forzosos. Le conocí personalmente al llegar a Ourense. Pero su rostro ya pululaba por los países andinos, como mi país de origen, Colombia, donde «su utopía» se hizo realidad en muchos niños y niñas, cuyo futuro se intuía creando tristezas o sintiéndolas, en las cárceles o, lo más seguro, haciendo parte de ese colectivo al que el argot popular y oficial llama «desechables». Y ya se sabe cómo se desecha por aquellos pagos. En una gasolinera, en una televisión local y en el matadero municipal, veo a algunos de los que se beneficiaron de su bonhomía y, como ellos, supongo, miles hay por el mundo intentando equilibrar sus vidas. La ciudad está huérfana de su presencia pero, sobre todo, huérfana de sus obras. ¿Para cuándo su beatificación? Yo, como creyente, lo pondría en mi altar imaginario.

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