S
ería larguísimo, y también aburrido, recorrer las visicitudes que ha sufrido el proyecto de la A-76, una carretera que, de materializarse, será la tercera autovía entre Galicia y la meseta. Esta semana hubo otra noticia. Otro titular. El contenido ya casi es lo de menos (una dilación más) porque recorrer los cientos de titulares que ha consumido en las últimas décadas este proyecto es como hacer la crónica de una decepción constante para Valdeorras. Siempre hablamos de la Xunta o del Estado, por las responsabilidades de ambas administraciones en la ejecución de infraestructuras, pero también hay que hablar del despego de la capital hacia una zona industrial de primer orden, pionera en exportación en una provincia que nunca ha podido presumir precisamente de andar sobrada de estos potenciales. Dicen que la distancia es el olvido y que no se ama lo que no se conoce, y para mí que a los políticos ourensanos siempre se les ha hecho cuesta arriba (quizá por tener que subir Os Peares o bajar los codos de Larouco) acercarse a Valdeorras y conocer su realidad. En connivencia con sus delfines locales, han jugado al despiste, esgrimiendo una u otra baza según cambiaban los colores del poder. En esas dispersiones se han consumido muchos años y se ha ido mucha riqueza de Ourense. Quizá es tiempo de que hablen los mansos, aunque sea para decir que se unen al Bierzo. Total allí se radican ahora sus empresas, allí se van de compras y hasta su obispado está en tierra leonesa.