Tras cuarenta años de dictadura el coronel Gadafi era bien conocido por todo el mundo. A nadie se le escapaban sus ademanes de káiser ni sus actitudes despóticas y humillantes, no solo para con sus súbditos, sino para todo el mundo libre. Recuerden el atentado de Lockerbie, el 21 de diciembre de 1988, cuando 270 personas murieron al estallar un avión sobre la localidad irlandesa. Conocíamos al coronel Gadafi y sus extravagancias cuando era abrazado por nuestro presidente Zapatero; cuando lo recibía, eufórico, Sarkozy; cuando Silvio Berlusconi flirteaba con él, ofreciéndole espacios para sus jaimas y amazonas...
Cambiamos de criterio de la noche a la mañana y? ¡a defender al pueblo Libio! ¿Ahora sí, ayer no? ¿Cuáles son los intereses que mueven a España, a Francia, al Reino Unido y a Estados Unidos? ¿La magnanimidad con el pueblo libio o más bien el encarecimiento del petróleo? No olviden que países como Yemen, Bahrein, Qatar, Siria o Marruecos están por un igual.
No hay guerras justas, sobre todo cuando se les imponen a otros, que son más pobres, de distinta cultura, de distinta raza, de distinta religión, de distinto sentir político. Pero, tranquilos; ¡las bravatas del coronel son simples amenazas y nunca nos alcanzarán! Esperemos. Llorarán, sufrirán, morirán, los de siempre: la pobre gente que antes ha sufrido con la dictadura y ahora con la prepotencia del Norte.
Lo dicho: con aprobación o sin aprobación de Naciones Unidas, me da lo mismo, hoy ninguna guerra es lícita y, por ello, justa. Dos preguntas para terminar: ¿La ONU va a ser simple espectador como en el genocidio de Ruanda entre hutus y tutsis? ¡Que vergüenza! Y, ¿hacia dónde se encaminará la Libia resultante?