No cierra su bar ningún día a la semana pensando en el cliente
07 feb 2011 . Actualizado a las 06:00 h.A pesar de su mirada dulce y su trato siempre atento y familiar, Martina transmite una seguridad en sí misma y una determinación poco común en una joven de su edad. Comenzó a trabajar en una gestoría a los 20 años y hace cuatro decidió convertirse en empresaria de la hostelería (Bar Sil, Valle Inclán, 9). Una decisión de la que, a pesar de la crisis, no se ha arrepentido.
-¿Cómo se produjo el salto?
-No era una opción que barajase. Mis padres han tenido negocios en otros sectores y sé lo sacrificado que es, pero yo ya llevaba un tiempo trabajando en una tapería los fines de semana y vi que se me daba bien, así que cuando se presentó la oportunidad de coger esto me lancé de cabeza, aunque durante un tiempo lo compaginé.
-No lo tenía claro...
-Es que el trabajo de la gestoría también me gustaba, pero hubo un tiempo en el que ya no lo pude compaginar así que decidí que no podía seguir a ese ritmo si quería que el negocio de la hostelería saliera bien.
-Hay muchas camareras pero, ¿por qué no es tan habitual que una mujer sea empresaria?
-Trabajar para uno siempre es complicado. Tienes gente a tu cargo, una responsabilidad... Y luego está el miedo a los conflictos y que siendo una chica piensan que no te vas a imponer.
-¿Y es cierto?
-Mi padre me decía que era una locura. Yo, en cuatro años, no tengo queja y sólo una vez alguien me hizo sentir mal por ser mujer. Cuando estuve en los vinos yo ya asumí que te tienes que dar a respetar, siendo quizá más tajante y sabiendo a quién le das confianza. Yo asumo que no puedo dar el mismo trato que una empleada, por ejemplo.
-¿Hay un mayor coste personal, como se dice, en este sector?
-El coste personal existe, porque yo no cierro ningún día a la semana, y eso lógicamente lo pagas. No tanto con los amigos, sino con la pareja. Es un trabajo complicado por el horario. Restas a la convivencia. A mí me costó mi relación.
-Hay cafeterías que sí cierran un día...
-Sí, pero el Sil es lo que es. Aquí hay una clientela fija y es un local pequeño que tampoco deja mucho margen porque, además, por estar donde está, tiene un alquiler importante. Tengo clientes que desayunan aquí los 365 días del año, y gente que viene desde Seixalbo a desayunar. ¿Cómo le dices tú a esa gente que cierras un día porque te apetece descansar? Yo no les puedo hacer eso.
-Un psicólogo le diría que se implica demasiado.
-No lo sé. Yo he intentado seguir con ese espíritu cercano que ya era propio del Sil y es curiosa la relación que se entabla aquí. Notas cuando alguien no está bien, y te afecta. Pero siento que estoy entablando relaciones muy positivas y quizá incluso me sirvan si algún día abro otro negocio. Al final, cafeterías hay mil y vas a los sitios no por cómo sabe el café, sino por cómo te encuentras de cómoda.
-¿Y así hasta la jubilación?
-Ni idea. A este paso igual estamos aquí hasta que nos muramos (risas).
-Por cierto ¿qué opina de la reforma de la jubilación y las pensiones?
-No creo que arreglen gran cosa, igual hasta tienen que pagar más bajas a partir de los 65 años. Al final, le quitan a la gente las ganas de trabajar.
-¿Y la ley del tabaco le afecta?
-Mira, yo sólo ver que mi padre fuma la mitad, ya me merece la pena la citada ley. Yo creo que al final será bueno para la gente. Hablo de los fumadores. Y la merma de ingresos hasta quizás compense.