Atípico este enero en el que por primera vez el Gobierno promueve grandes rebajas en el sueldo de los funcionarios y las temperaturas bajan hasta congelar las pensiones de los jubilados. Y en este ambiente enrarecido de rebajas y congelados se me sube a la cabeza el recibo de la luz y al principal causante de su brusco despegue voy a dedicarle un recuerdo. Me refiero al ministro responsable de la cosa eléctrica que ocupa tal cargo, pienso yo, por tratarse de un auténtico iluminado que ya hace algún tiempo nos obsequió con una bombilla de bajo consumo y que ahora se despacha con luminosos razonamientos con los que intenta restar importancia a la subida del recibo de la luz en un 9,8 por ciento. Y digo cuanto antes que la cifra elegida para esa acelerada subida no parece la adecuada porque es la misma que representa la aceleración de todo lo que baja impulsado por la fuerza de la gravedad, incluso en Orense.
Pero a mayores el citado ministro comparó, sin especificar, el incremento del recibo de la luz con lo que nos cuesta un café, creando así una interrelación entre los precios del kilovatio y del kilo-café. Me consta que, como consecuencia, la comunidad científica partiendo del jeroglífico recibo de consumo eléctrico incrementado en un 9,8% está tratando de hallar qué fracción de kilovatio corresponde a cada tipo de café, sea solo, con leche o descafeinado.
Mientras tanto el pueblo soberano, fiel a su ministro, trata de compensar la electrizante subida suprimiendo cafés a troche y moche y se plantea cual debería ser el precio del café si lo tomara a la luz de una vela. Y ahí puede que esté el verdadero quid de la cuestión porque tomar café ahorrando energía puede ser tan novedoso como digno de ser tenido en cuenta.
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