Una joven empresaria, dos periodistas cercanos y el frustrado libertario que firma. Una tertulia de radio y sobre la mesa la huelga de la limpieza y la respuesta sindical. Más coincidencias que divergencias. Nadie pone en tela de juicio la legitimidad y la razón de ser de las organizaciones sindicales. Se cuestiona su ineficacia, su desvarío, su sumisión, su desidia. Se discute la autenticidad del «sindicato descafeinado y sin azúcar». Inadecuada, fuera de lugar y exagerada la protesta sindical. Periódicos que hablan de estragos en el transporte, de coacciones al personal, de material saboteado y del guarro e indeseable vandalismo, quizá el lector me sugiera algún término más tierno y descriptivo, al manifestar su basura en la Plaza Mayor. Y en la calle, en el bar, y en la oficina el vecino de a pie que señala con el dedo al piquete torticero, al sindicalista reaccionario, al «individuo» que, a cuenta del contribuyente, abusa del derecho a la huelga, a sabiendas de que la escuela Tea Party no les queda muy lejos. Aunque a la vista de las orejas del lobo y del coste de mantener la poltrona holgazana, quizá la respuesta se halle en la necesidad de justificar un sindicalismo politizado, que no ideologizado, manipulado por el gobierno de turno al socaire de subvenciones que garanticen el cocido y el dolce far niente de sus cargos orgánicos.