Ni McCartney, ni Simon, ni Anka, ni Auster, ni Newman, ni siquiera Naschy, que en realidad se llamaba Jacinto Molina, Paul no es ahora otro que Paul, quién si no, el pulpo, ese feo animal que vivió en cautividad, fue noticia de primera durante los recientes Mundiales de fútbol por su capacidad de adivinación y ahora acaba de morir. Bien atendido y cuidado, dicen, en el acuario alemán de Oberhausen, que es de donde llega la noticia. Dejó su triste existencia por causas naturales, según matizan, no vaya a pensarse que su destino fue el primer plato en un geriátrico vecino obsequio de la casa, o que pereció como consecuencia de alguna gamberrada, que siempre es posible aquí y allá.
El impacto mundial por la muerte del Paul se ha dejado sentir especialmente en O Carballiño, que no por casualidad reivindica su condición de capital mundial del pulpo. Salir al quite para pedir a los alemanes el bicho, muerto, es verdad, pero con un pasado mediático por el que vaya usted a saber de lo que sería capaz algún alcalde, muestra una capacidad de reacción encomiable. Lo fundamental es salir en los papeles, que hablen de uno aunque sea mal, ser noticia aunque sea por una chorrada tan grande como el templo de la Veracruz. Talmente.
Que un empresario muestre su disposición a pagar 30.000 euros por el difunto suena raro, pero es un asunto particular: cada cual gasta su dinero como le place. Como si le manda un helicóptero y no le es suficiente con un taxidermista para el trabajo. No parece tan normal que los responsables de una administración pública, los gestores de un municipio con sus naturales problemas y seguramente con más de una y de dos personas necesitadas de ayuda, pierdan su tiempo en pedir a Paul por la efímera gloria de un titular y por haber logrado mantener el nombre de O Carballiño asociado a un pulpo, en general.
De todos modos, antes frikis que groseros, que lo de Valladolid sí que avergüenza.