Estabas sola. Con el único arrope de las siglas de tu partido. Delante, tu enorme fragilidad. Detrás, el logotipo del BNG. No necesitabas más. Con tu dignidad de mujer herida quisiste asomarte a un mundo que sabes que es frívolo porque vives en él y observas que el cotilleo ha alcanzado cotas impresentables. Y lo hiciste para decir que la Justicia te parece injusta, que en la vida política no todo vale, que la Constitución no dice que en campaña electoral los políticos pueden esgrimir las más execrables falsedades, que antes que política eres mujer, y también madre, y también compañera, y también amiga. La soledad en la que compareciste para decirle a la Justicia que asumir no es compartir y a Baltar que no todo vale (ya ves que de poco te valió pues ayer, al más puro estilo de Valladolid, volvía a la greña con eso de que «...cando se molesta é que algo hai»), te hacen digna del mayor de los aplausos. Incluso se comprende que la indignación te haya generado algún exceso a la hora de utilizar el diccionario. Estuviste sola y estás sola. Porque en este mundo de egoísmos, la solidaridad va por barrios o por decirlo mejor, por sectas. ¿Te fijas como el PSOE salió, todos a una, a defender legítimamente a Leire Pajín de un señor de Valladolid? En cambio nadie dijo nada de ti, una mujer puesta en la picota pública por una falsedad que la Justicia ve normal en época electoral. Cuando te vi dando la cara delante de cámaras y flashes para lamentar la sorprendente sentencia, recordé aquello de que «lo que las leyes no prohiben, puede prohibirlo la honestidad». Me parece que en esta historia, desde su inicio hasta ayer, la única honestidad es tu dignidad de mujer.