José es portugués, emigrante en Alemania y cumplió en julio 65 años. Por ley y convenio colectivo de la empresa donde trabaja (una de las constructoras más importantes del país germano) le toca decir adiós y dedicarse a la vida del jubilado. Los últimos 25 años José ejercía de atención al público en la sede central y se ve todavía capacitado de continuar hasta que el cuerpo aguante. El otro caso es el de Nadia, polaca, trabajadora a tiempo parcial en el sector limpieza en un hospital de Hamburgo, también cumplió los 65 años. Su marido es dependiente total y tienen una hija con minusvalía. Si acepta la jubilación perdería dinero para mantener la familia. Por eso José y Nadia plantearon ante los tribunales alemanes la posibilidad de retrasar la edad de jubilación forzosa, uno por convicción y la otra por necesidad. De momento las primeras instancias judiciales laborales les están dando la razón e incluso los magistrados teutones plantearon ante el Tribunal de Luxemburgo la cuestión de si la fijación de una edad determinada para la jubilación atenta contra el principio europeo de no discriminación por razón de edad. Pues estaremos atentos ante las próximas decisiones de las togas rojas de Luxemburgo.