Se creían los más chulos del barrio. Se tomaron al pie de la letra aquello de salir a quemar el fin de semana y cambiaron la rutina de un adolescente por la de un delincuente. El más pequeño, en un intento por demostrar que a sus quince ya es todo un campeón, robó un coche. Es posible que tenga problemas para leer o escribir con soltura pero como sabe conducir, subió al automóvil y pisó el acelerador. A todo gas.
Recogió a sus cuatro compinches y, todos juntos, se fueron a destrozar el colegio de Cea. Conocían bien el terreno porque varios habían estudiado allí y otros estaban a punto de comenzar el curso y, como eso de ir a clase es un rollo, decidieron llevarse los ordenadores y, de paso, quemar el edificio. Ellos solitos destrozaron muchos años de trabajo de decenas de profesores y además arrancaron del bolsillo de los contribuyentes -entre quienes también están sus papás- casi 300.000 euros. Los que ha costado reparar su travesura.
Cansados de tanta juerga se fueron luego a sus casas. Por si acaso, no devolvieron el coche porque el fin de semana aún no se había acabado y tenían algunas ideas para disfrutar del domingo. Grandes ideas, sin duda.
Y así, tras destrozar los vestuarios de unas piscinas municipales, terminaron la faena quemando el automóvil. Para borrar el rastro, claro, aunque para ello provocasen un incendio forestal. ¡Qué genios!
O quizás no. Resulta que no solo no pudieron borrar su rastro sino que las evidencias que dejaron fueron el camino que siguieron los investigadores hasta llegar a ellos. Gracias a eso sabemos ahora que ninguno ha cumplido los veinte.
Ahora todo el mundo los conoce. Si es lo que buscaban, sin duda lo han logrado. Y esto no acaba. A partir de ahora además de al cole tendrán que ir al juzgado, nada menos, y puede hasta que sus nombres aparezcan en sentencias. O qué pensaban...