22 ago 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Es el mes de las vacaciones. Y es, por ello, el período que la mayoría aprovecha para volver a la aldea, saborear y disfrutar una realidad tan sugerente como alejada del crudo día a día en Móstoles, en Ermua, en Barcelona, o en Caracas. En el Registro Civil, en el Catastro, o en las oficinas de la comisaría de policía donde se renueva el DNI, como también en los servicios de urgencias hospitalarias, ven caras nuevas durante estos días. En ocasiones también son muy diferentes las actitudes y los modos, ni mejores ni peores, simplemente distintas, por lo que resulta muy perceptible el mes de agosto.

Quienes llegan en los meses de verano encuentran más veces de las deseadas leiras y montes prácticamente abandonadas. E incendios, tantos y tan diferentes que provocan reacciones muy diferentes, desde la rabia, el dolor y la frustración, hasta la resignación y la inhibición, que de todo hay, mientras las llamas no lleguen a la puerta de casa.

Pueden encontrarse, además, con que por arte de birlibirloque ha desaparecido aquel hórreo que recordaba de niño frente a la casa de sus abuelos y que el año pasado aún estaba en su sitio; o que el regato que servía para apagar en verano la sed de la tierra y que de forma solidaria y ordenada utilizaban los vecinos con turnos para regar bien delimitados, medio ha desaparecido, pues un jeta de vecino lo ha desviado a su antojo; o que en un camino público han construido un pendello/garaje; o que en la puerta de lo que un día fue una bodega le han plantado un innecesario poste para la luz. Encontrará todo tipo de abusos, perpetrados por quienes residen durante el año en aquel lugar al cual él regresa un par de semanas, porque quiere mantener sus raíces. Y se preguntará entonces qué hacer. Si tomar cartas en el asunto: Guardia Civil, Confederación Hidrográfica, juzgado, o lo que corresponda según la tropelía, o mirar para otro lado y no volver. Ocurre. Y es una pena que acaben ganando los malos.