El patrón siempre se repite. Los juzgados ourensanos acumulan decenas de sentencias por casos de violencia de género en las que se absuelve a los presuntos agresores. Hombres denunciados por agredir a sus novias, parejas o esposas, que terminan libres de toda culpa. Y casi siempre, por increíble que pueda parecer, lo hacen gracias a ellas.
Ellas que los perdonan. Ellas que el día del juicio deciden callarse. Su silencio se convierte entonces en el mejor aliado para ellos porque sin testimonio no hay prueba y sin prueba no hay castigo. El maltratador se aprovecha casi siempre de la intimidad del hogar y, generalmente, en las agresiones solo hay dos testigos. Quien las inflige y quien las recibe.
La experiencia dice que, habitualmente, el acusado niega sus culpas. A menudo declara que solo hubo una discusión, que en realidad nunca le puso la mano encima o que nunca la amenazó. Y cuando llega el turno de ella, el momento de buscar su justicia, decide guardar silencio.
La ley, a través del artículo 416 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, dispensa a un testigo de tener que declarar contra su cónyuge, lo que facilita que muchas mujeres que se han arrepentido de haber denunciado a sus maridos, puedan no hablar y reducir así a cero las pruebas de cargo.
La pregunta es, ¿por qué? Los esfuerzos de decenas de profesionales, de unidades de violencia contra la mujer, de agentes policiales y judiciales se vuelven inútiles cuando una mujer decide perdonar a su agresor y se calla. Cree que no volverá a ocurrir, piensa que él ya ha tenido una advertencia y se imagina, tal vez, que a partir de entonces su vida será mejor.
Pero, ¿y si no es así? Treinta y una mujeres han muerto este año, la última ayer, a manos de sus parejas. Quizás muchas también decidieron un día callarse y perdonar. Pero si el silencio y el perdón significan la infelicidad e incluso la muerte, debemos siempre escoger la vida. Es nuestro derecho.