El arte que nace en la calle

Cándida Andaluz redac.ourense@lavoz.es

OURENSE

22 ago 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Tiene 23 años y estudia diseño gráfico. El nombre es lo de menos. Para él lo importante es su firma, Abrah. Estudia diseño gráfico y representa a un sector de jóvenes ourensanos que han decidido cambiar una copa en una fiesta por un spray y hacer de la calle su lugar de esparcimiento. Consciente de la imagen que de los grafiteros se tiene en la sociedad, Abrah asiente aunque reconoce: «el grafiti tiene que estar en la calle. Ese es su lugar. Pero alguien que hace una pintada en la catedral no tiene dos dedos de frente». Arte es lo que hace. Relata que fue en el 2000 cuando comenzó a tomarse la calle en serio. «Pese a lo que pueda parecer y aunque esto es para mí un afición, no es barato. Un bote puede costar 3,10 euros. Si quieres hacer algo decente necesitas por lo menos 10 colores. Así que cuando te das cuenta ya te has gastado 30 euros», relata. Comenzó con un amigo. En Maceda. Siempre a escondidas. Iniciando cada vez una gran aventura que consistía en buscar un lugar idóneo en donde al principio estampar firmas y más tarde aventurarse hacia el realismo, que es en donde ahora se encuentra mejor. Ha encontrado un hueco en la capital ourensana y es del grupo de los denominados «veteranos». Les gusta trabajar juntos, aunque cada uno tiene su espacio.

No les resulta fácil pintar bajo la legalidad, con la presencia institucional como telón de fondo. Asegura que en Ourense no encuentran muchas alternativas. Quizás todavía hace falta desempolvar muchos prejuicios. «En Ourense no se dan facilidades, por ejemplo en Vigo existen muchos muros de hormigón de obras que más tarde se van a tirar en donde nos dejan pintar», dice. Y es que el grafito es un arte efímero. La obra no tiene por qué perdurar. Es más, incluso existen entre ellos unas leyes no escritas. «De día sabemos que podemos pintar en unos sitios y de noche en otros». Las fábricas abandonadas o los muros del parque Barbaña, por ejemplo, son algunas de las zonas que visitan. Entre ellos se conocen y se respetan. «Cada uno sabe en donde puede pintar y en donde no y si puede hacerlo encima de un grafito que ya existe», relata Abrah. No espera vivir de su afición y si se le pregunta cuál sería su meta en el mundo del arte callejero contesta sin pensarlo ni un minuto: «Me encantaría pintar en Nueva York».

No son totalmente incomprendidos y el grafito empieza a ser considerado por muchos sectores de la sociedad como un arte que puede pasar de la calle a recintos cerrados. Es más, la obra de Abrah se puede ver en algunos negocios de la capital como cafeterías e incluso tiendas de moda. El spray es su herramienta de trabajo y la calle el lugar en donde mejor se entiende su manera de ver la vida.