Los estancos han pasado de ser espacios con encanto a lugares casi prohibidos. Dispuesto a resistir todo el viento en contra que se tercie se encuentra César Salgado, que regenta la expendería número 30, en el barrio de A Ponte. Si se reduce el número de fumadores, el negocio baja. Así de sencillo.
-La disminución en las ventas después de la entrada de la ley antitabaco ha sido menor de lo esperado. Ha afectado muy poco.
-Ahora lo que hay es variedad de marcas para elegir.
-Sí, antes todo se reducía a unas veinte firmas. Sin embargo, en los últimos años han aumentado considerablemente.
-¿Y el precio importa?
-No demasiado. Los clientes suelen ser fieles a la marca que han fumado desde siempre. Sí que hubo una época en la que había mucha diferencia en el precio y la gente se iba a las más baratas.
-¿Sigue habiendo espacio para las farias y los puritos?
-Es un mercado claramente a la baja. Apenas se venden y se reduce a clientes de mediana edad.
-¿Se puede fumar en un estanco o también está prohibido por la ley?
-En el estanco la ley tampoco nos deja fumar, es algo ridículo porque el 90% de la gente que entra es fumadora. Es una normativa exagerada y las personas que vienen a comprar tabaco están un poco molestas por tanta prohibición.