AL MARGEN | O |
12 mar 2007 . Actualizado a las 06:00 h.Xosé Henrique Rodríguez Peña (en lo sucesivo, Pepe Peña) murió en agosto del pasado año. Más bien se trasladó a otro lugar del que no nos llegan referencias fidedignas, a lo sumo algún que otro comentario sin contrastar de que sigue echando casi todos los días una partidita al ajedrez, dibujando sobre un papel tal vez un edificio imposible, recreándose en la historia desde la revuelta Irmandiña a esta parte pero, sobre todo, aprovechando que el reloj está parado, disertando hasta la afonía sobre cualquier tema. Cuentan desde distintas fuentes que no podemos revelar que tuteó a Cicerón y al mismísimo Séneca y que ambos se quedaron prendados de la autoridad que impone su voz, de lo convincentes de sus argumentos e incluso dudan de que no haya sido contemporáneo de la Grecia de Pericles. Hasta tal punto que los dos clásicos asumen ya tesis nacionalistas en su otra vida. En esta parte de la orilla unos cuantos amigos y compañeros del BNG han organizado un acto para este viernes en el que se honrará a la persona, al arquitecto, al ex conselleiro, al ex parlamentario y al ex concejal Pepe Peña. Tuvieron que pasar siete meses desde su mudanza. Es igual. Las honras post mortem no tienen fecha de caducidad ni de consumo preferente. Lo que parece haberse ido con él es una forma de hacer política. La convicción, siempre firme. El gesto, siempre galante. Un intelectual de la re pública (cosa pública) que ya no cotiza por estos pagos. Ahora lo que se lleva es el chascarrillo, las frases hechas y los lugares comunes para ir tirando y justificando con ello las funciones propias de la partitocracia en la que vivimos. A Pepe Peña se le olvidó dejar en herencia algo de su sabiduría, unas gotas de la esencia del viejo parlamentarismo, pero sobre todo no nombrar un albacea que administre su caballerosidad. Es lo único que no te perdonamos, Pepe.