DIAGONAL | O |
09 mar 2007 . Actualizado a las 06:00 h.QUE VENGA Botín. Que si, que si, el mismísimo Emilio Botín, el banquero, el mismo que (pan, circo y negocios) invierte en el co-patrocinio de alguien tan peculiar como el piloto de carreras Fernando Alonso y, al mismo tiempo, es capaz de romper la pana ofertando cero sobre cero en comisiones: de servicio, oigan, de servicio, pero cero en las comisiones del día a día. Que venga y que ponga algo de orden. Porfa , antes de que degenere de verdad. Es necesario alguien que sepa ver con distancia y llegue con capacidad de decisión, alguien que no trague con la primera orquesta que llame a su puerta, aunque presente como credencial una versión aparentemente cultivada de Paquito, el chocolatero ; vamos, alguien capaz de superar el ruido y, si es necesario, bajar sobre la mesa el puño bien cerrado y no la mana abierta, blandita, con la que otros amenazan. ¿Quién mejor que él, en fin, para decidir el más noble destino para ese edificio del Paseo que lleva ya sus añitos abandonado, cerrado a cal y canto, como la vieja cárcel de la calle del Progreso? Si premiamos a una bodega de la provincia de Ourense no por sus méritos ni su calidad, sino por el hecho de que uno de sus productos haya aparecido en una revista americana como el mejor blanco español en su segmento de precio, por qué no rentabilizar el solar y hacer unos apartamentitos para jóvenes, que es lo que mola; lo dedicamos a casa da xuventude, o hacemos de él un geriátrico, o un centro de día, que falta hace...(Ah, no, esto no, que en el centro es muy visible). ¿Y por qué no para sede del Comité Antisida? La casita del Banco de España, digo, porque el caserón de la calle del Progreso no es lugar muy recomendable. Y no por la memoria, ni por lo que haya sido, que no es eso, sino por el abandono. Sólo por eso: demasiadas habitaciones individuales y mucho frío. La vieja cárcel, pues, como que no, pero el banco sería un puntazo, mucho más que un gesto, tratándose del centro centro, para demostrar al mundo en general el grado de tolerancia que caracteriza al ourensano del Paseo y la impostura de no pocos discursos sobre la marginalidad y la cultura.