DE REOJO | O |
21 nov 2006 . Actualizado a las 06:00 h.SOMOS feos. Aunque a los arquitectos no les guste el término, somos los mejores en eso del feísmo urbanístico. Por una vez, los ourensanos somos los primeros de una lista, aunque sea la de aberraciones hechas con ladrillo. Lo dicen las fotos que los lectores ourensanos han enviado a la web de La Voz para compartir lo que ven cuando se asoman a la ventana. Somos feos, horteras y descuidados. Hemos hecho de nuestro paisaje, de nuestros pueblos y de nuestras calles un museo de los de horrores que sólo tiene una ventaja: no hay que pagar entrada para sosprenderse. Hemos convertido las zonas rurales, el monte y las esquinas urbanas es un álbum de fotos que es mejor no enseñarle a los amigos cuando vienen de visita. Somos feos pero, cuando nos miramos la espejo, no lo reconocemos. Nadie quiere reconocerlo. Puede ser que los protagonistas de este fenómeno, que nos resta atractivo, padezcan el síndrome del traje del emperador. Puede que todos los vecinos se hayan dado cuenta de lo horrorosa que es ese casa sin recebar, menos el propietario, que está convencido de que es fantástica. Puede que todo el mundo se dé cuenta de que esa misma casa, más allá de los gustos personales, se mete con uno mientras que el que la construyó está seguro de que es la más mejor del pueblo. Sin estudio sociológico en la mano, puede que con todo eso del feísmo tenga algo que ver nuestra particular forma de ser. A lo mejor estamos construyendo con cemento y con ladrillos nuestra propia idiosincrasia. Si no remato la casa, lo que me ahorro: soy el más listo. Si le añado un bloque a la palleira, tengo más sitio que el vecino: soy el más chulo. Si me construyo una casa recién salida de los Alpes suizos, seré la envidia de los vecinos: soy el más rico. Supongo, sin análisis que lo demuestren, que así somos. Los más feos.