DE REOJO | O |
31 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.SI LA cosa es conseguir plaza de guardería para el niño, hay miles de padres poniéndole velas a Vicepresidencia para que las galescolas empiecen a funcionar cuanto antes. Sumergidos en las obligaciones laborales, y vitales, los padres ourensanos buscan un lugar donde dejar a sus hijos, a salvo de sí mismos, mientras trabajan. Por eso estarán contentos de contar con más plazas en escuelas infantiles, independientemente de que en ellas se hable gallego o castellano. Y es que lo niños de entre 0 y 3 años tienen bastante con comer, dar aviso del estado de los pañales y jugar, en ese estado de semiinconsciencia que añoramos cuando somos mayores. Por eso creo que no debemos mezclarlos con la construcción de la identidad de los gallegos del siglo XXI -es uno de los objetivos de las galescolas- porque bastante tienen con comerse el potito y vomitarlo. Con aprender a dibujar palabras en un lenguaje que es sólo suyo, particular. Lo que les importa a los padres es tener plazas públicas de guardería. El gallego, si quieren, ya se lo enseñarán a sus hijos en casa para que, cuando lleguen al cole, al pueblo o al parque donde juegan tengan tanta naturalidad al subirse a un columpio como al subirse a su lengua. Harán lo mismo con la religión que le quieran transmitir, con los valores que quieran enseñarle, con la educación que tienen que darle... Porque no se educa en el colegio -allí se enseña- si no en casa. Y el gallego está aquí, formando parte de nosotros mismos. No estaría bien cambiarle de estatus dándole a las guarderías forma de Alianza Francesa, como si fuera algo extranjero, ajeno. No podemos apuntar al crío a futbito, pintura, inglés y gallego. Debe mamarlo en casa, en la calle. Perfeccionarlo en el colegio. Sentirse orgulloso de hablarlo. Leerlo. Los artificios sólo conseguirán que al salir de la guardería una voz de máquina de tabaco nos diga: «Su gallego, gracias».