OURENSE CON EL ARTE | O |
13 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.André Malraux, en su obra La metamorfosis de los dioses, dice: «El único dominio donde lo divino es visible es el arte, sea cualquiera el nombre que se le dé». Y, también: «El Museo transforma la obra en objeto, pero el Museo Imaginario añade a cualquier verdadero Museo la catedral, la tumba, la caverna que nadie más podría poseer». Viene esto a cuento, aquí y ahora, del Museo de la Catedral de Ourense. Desde hace cuatro años se abre oficial y organizadamente al público durante los meses de julio y agosto, en lo que cabría denominar una exposición permanente. Pero, además, esas frases de Malraux convienen asimismo de algún modo a la exposición que el pintor pontevedrés Mario Iglesias presenta en el Ateneo, dentro del programa Os nosos artistas. Sus lienzos La siesta de Adán, o Torre y París aquejada de peixes -que recuerdan la Torre de Babel- o, finalmente, Nave y Nocturno nave -que, a su vez, recuerdan el Arca de Noé- incluyen un trasfondo espiritual implícito, personalmente confesado, que constituye una de las claves -por muy soterrada que aparezca- del sentido alegórico de su obra. Especialista en joyas religiosas El Museo de la Catedral ourensana, pasa por ser el segundo museo religioso español -tras el de la Catedral palentina- en lo que se refiere a joyas religiosas: de oro, plata o pedrería preciosa. Merece, pues, la pena la visita, por otra parte muy cómoda en horarios -durante julio pasado y este agosto, de 10.45 horas a 13.15 y de 16.30 a 19.30, exceptuadas las mañanas de los días festivos-. E incluye en conjunto esa visita la de la capilla del Santo Cristo. Así como cuenta con un sistema sencillo pero práctico de guía explicativa de cicerone. Es, por cierto, este museo, el más visitado de la provincia, muy seguramente: con una media diaria de setenta personas y además continuas visitas colectivas varias, por totales de cientos de otras personas. Su precio de entrada, en fin, no pasa de ser puramente simbólico, para mayor ventaja. Componen fundamentalmente su muestra, en suma, grandes piezas: una cruz procesional -de Enrique de Arfe-, una custodia igualmente procesional, un misal incunable, una arqueta renacentista de marfil, el conjunto más completo en suelo español de esmaltes de Limoges y el llamado tesoro de San Rosendo por provenir del Monasterio de Celanova. La fantasía como espacio necesario El novelista alemán Michael Ende afirma: «Nuestra memoria no es más que una imagen de la realidad, por lo que nuestra realidad es sólo nuestra imaginación». Eso mismo, de algún modo, también lo dice -aunque sólo sea implícitamente-, el pintor entre figurativo y fantástico Mario Iglesias, en su exposición del Ateneo, que permanecerá abierta hasta el día 5 de septiembre. Y digo, precisándolo y recalcándolo, pintor -precisamente como aparece aquí y ahora en esta muestra-, porque este artista es también escultor, de espacios libres, sobre todo -originalísimamente- submarinos. En cualquier caso, sus grandes claves generales artísticas comunes a ambas facetas expresivas son la creación de un espacio intemporal pero entendido radical y vitalmente como real y necesario, que tiene por patria la experiencia de la infancia, y la fantasía connotada por una experiencia espiritual expresada a través de un prisma formalmente surrealista. Como insinúa su lienzo Se este home falara, Iglesias ve en la vida un misterio, que es su mayor riqueza.