Una tarde de agosto

ANTONIO NESPEREIRA

OURENSE

MI RINCÓN | O |

09 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

PARA MI que al termómetro se le había estropeado ayer el ascensor y no paraba de subir. «Yo soy del sur y me voy de vacaciones en invierno. A mí me gusta este calor africano. Estoy acostumbrado», recojo de un interlocutor que charla conmigo mientras estábamos a punto de alcanzar los cuarenta grados. Bendito tú, pensé. Un par de supuestos peregrinos hacen un alto en su camino, tiran las bicicletas en el suelo y se tumban buscando el fresco de un portal. Un par de sexagenarios, turistas extranjeros por su atuendo y aspecto físico, vagan por la calle ojeando un plano y con un rostro tan desencajado y sudoroso que, de tenerlo yo, me planto en urgencias sin pensarlo. Una señora, con los ochenta ya cumplidos, se encuentra con una mujer de mediana edad que le pregunta, sorprendida, cómo puede ir de traje de chaqueta con este día. «Es de verano», replica ella. Cierto, lo era, y verde además. «¡Aún así!», persiste su interlocutora. «Peor sería que el traje fuese negro. Significaría que estaría de luto». Sólo encuentro a una persona trabajando al aire libre. Un joven coloca mesas de terraza en el parque. ¡Vaya, y tiene que ser negro! Hay días que no son nada pero dan que pensar.