Cuando el castigo no es quedarse sin ver la tele

Ruth Nóvoa de Manuel
Ruth Nóvoa OURENSE

OURENSE

MIGUEL VILLAR

Veintidós chavales duermen, comen, estudian, pasan su tiempo libre, disfrutan, sufren y sueñan (viven) en un recinto del que no podrán salir hasta que cumplan su condena por diferentes delitos

20 mar 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

Hay palabras que dichas delante de chavales de catorce años (y unos pocos más) suenan a taco. A blasfemia. Régimen cerrado, medidas judiciales, delitos, penas. Tela. Tela marinera. Da vértigo entrar en el centro ourensano de menores Monteledo y ponerse a pensar en la adolescencia propia. Uno se siente afortunado, por una parte, y rematadamente estúpido, por otra. Los críos que viven allí tienen todos los problemas de la edad del pavo y algunos más. Cumplen condena, regalándole días a su vida adulta, por diferentes delitos. Delitos de los de verdad. Asesinato, violación, robo. Ellos lo saben. Saben que el mundo lo sabe. Y delitos íntimos, que probablemente alimentan fantasmas fríos, húmedos. Entrega de diplomas Ayer era un día casi de fiesta en el centro. Los internos recibían los diplomas y los certificados de asistencia de un curso de alfarería. Ayer era un día de visita. Llegó la directora xeral de Familia, Teresa Rey, el delegado, Isidro Cavero, y hasta algunos medios de comunicación. Tele incluida. Era un día para poner helado de postre. Pero era, a pesar del tono semifestivo, un día más en un proceso nada sencillo, el de la reeducación. Están en pie a las ocho y media de la mañana. Hacen la cama. Desayunan. Y a estudiar. Los pequeños (de 14 a 16), a la escuela. Los mayores (de los 16 a los 22), a un taller académico. Hay un rato para el deporte y para limpiar, antes de comer. Después tiempo libre -no todo va a ser currar- y talleres. Hasta hoy mismo, el de alfarería. A partir de la semana que viene, guitarra, primeros auxilios o medio ambiente. Simplemente adolescente Son chavales. Se visten como chavales. Están de moda, por cierto, las zapatillas megaenormes con cordones de colores, los pantalones flojos para ellos, los ajustados para ellas, las sudaderas más bien pequeñas y el pelo con varios cortes (aquí al cero, aquí al uno, aquí al tres) simétricos. Hablan como chavales. Les cuesta soltarse delante de un montón de gente extraña (¿quién no miraba hacia el pupitre cuando preguntaban algo en clase?), mezclan el gallego y el castellano (los peligros del directo), dicen casi rimbombantes lo que saben que tienen que decir («El curso te puede servir para el día de mañana») y se les escapa lo que verdaderamente piensan, lo que sienten, en el momento más inesperado («¿Del profesor? ¡Que vuelva!»). Son tímidos y descarados, como chavales, cada uno con lo suyo. Caminan como chavales, paso casi chulito arrastrando los pies. Y se emocionan como niños: aplausos, abrazos y besos disimulados, sonrisas, en un día que casi, casi, es de fiesta. Pero no todo es tan bonito como parece. Los expedientes de estos chavales son bofetadas. Proceden de ambientes marginales, apunta el director del centro, Antonio Campanón. Perfil «En la mayoría de los casos sus padres también tuvieron problemas con la justicia. El mundo de las drogas está muy presente en sus vidas, antes de entrar, por consumo esporádico. O a veces menos esporádico». El tiempo de internamiento, apunta Campanón, está en función de las condenas. De la gravedad y de la reincidencia. «Hay chavales por delitos graves o muy graves. Hay otros por delitos menos graves pero que los cometieron muchas veces, que ya han pasado por un centro abierto, por uno semiabierto pero que, como no pueden estar en la calle, tienen que permanecer aquí hasta que cambien». Después de pasar un rato en el centro (de menores, de régimen cerrado) Monteledo y de pensar en los caprichos de libertad de los quince años (y los dieciséis y los diecisiete...) salir a la calle alivia. Seguridad Atrás quedan los dos guardias jurados presentes en el pabellón durante el acto, quedan las estrictas normas de acceso al centro, queda alguna reja (nada fuera de lo normal, eso sí) y una puerta demasiado cerrada. De vuelta a la ciudad, en moto, el aire que golpea en la cara sirve para hacer una metáfora cursi de la libertad. Y para comérselo a bocanadas. Hasta para dedicarlo a los protagonistas de historias poco aptas para niños, pero de niños, al fin y al cabo.