Un símbolo que cae

Pepe Seoane OURENSE

OURENSE

La casa que albergó los controvertidos hogares velatorios de La Gloria, los primeros de la ciudad en el año 1985, desaparece para dar paso a un edificio de viviendas

18 mar 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

Cae todo un símbolo. La inauguración de los velatorios que la funeraria La Gloria abrió en el año 1985, en la calle Ramón Puga y a pocos metros de la entrada a lo que ahora ha adquirido condición de complejo hospitalario, abrió en su día una época. El derribo del edificio que los acogió la cierra. Desaparece del mapa el primer tanatorio de la ciudad. En su sitio se levantará, qué si no, un edificio de viviendas. Parece que fue ayer, pero hasta entonces los velatorios de cadáveres había que hacerlos en casa, en el hospital Santa María Nai, o en la Residencia Sanitaria, si el fallecimiento se producía en alguno de estos últimos. La provincia aún no estaba salpicada de tantos tanatorios como hoy; la finalización de las obras del cementerio de Santa Mariña aún generaba más de un dolor de cabeza en la casa consistorial, sin que siquiera se atisbara una solución para acabar con los excesos de agua, ni hubiese un crematorio, ni una empresa privada construyese un tanatorio allí mismo. Tampoco se habían puesto de acuerdo veintitrés funerarias ourensanas para crear los velatorios As Burgas, en Seixalbo. El servicio era una novedad. Su apertura aceleró la ruptura de moldes: la muerte empezaba a ser otra historia, los velatorios empezaban a adquirir otra dimensión y a instalarse fuera del propio domicilio del difunto. Lo que ahora es usual, algo aceptado, era entonces una prueba de fuego, un motivo añadido de discusión en muchas familias, que se enfrentaban al dilema: casa o velatorio.Lo que de positivo tuvo la inauguración de estos primeros velatorios, sencillos y espartanos, con unas instalaciones elementales para atender su función, se vería pronto superado por la polémica que funcionamiento provocó. Los vecinos más próximos se pusieron en pie de guerra. Todo eran incomodidades para ellos. Ya no sólo era la propia grima por la entrada y salida de cadáveres, el trasiego de ataúdes, o el siempre incómodo ambiente funerario, sino que, a ciertas horas, la calle era intransitable. Las salidas de los cortejos fúnebres, con turismos y los inevitables ómnibus , con regreso a la terminación , resultaban particularmente incómodas. Y cuando se dieron cuenta de lo que les había caído encima, se embarcaron en una larga actuación hasta que consiguieron cerrarlo. No lo lograron del gobierno municipal, pero sí obtuvieron en los tribunales la satisfacción buscada. Doce años después y tras no pocos disgustos y malos momentos, como los sufridos por los parientes de algún fallecido, obligados a soportar la música a todo trapo con la que algún vecino contratacaba en los momentos de desesperación, cuando ni se vislumbraba el final de tan largo contencioso.