La ausencia de huellas y un móvil claro, aunque previsiblemente fuese el robo, dificultó las pesquisas policiales, continuadas pese al archivo judicial del caso
30 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Tal día como hoy, hace justamente un año, fue asesinado César González Blanco, un octogenario que vivía solo en un piso de la calle doctor Fleming. Tan sonado suceso, ocurrido entre las ocho y las diez de la mañana del último día del 2001, sigue pesando en la memoria. Es incómodo. Duele a su familia, pero también escuece a la policía. Que un asesinato quede impune, como hasta ahora ha ocurrido con éste, siempre es un fracaso. Para la justicia, es un caso provisionalmente archivado desde mediados de julio; para la policía, un expediente abierto, pero con pocas esperanzas de resolución. Detrás del crimen perfecto de las mejores historias negras siempre hay un móvil, o un beneficio para alguien: aquí, ni una cosa ni otra, según las conclusiones a las que llegaron quienes investigaron esta muerte. César González era un hombre metódico. Vivía en un piso alquilado. Todas las mañanas iba a misa a la iglesia de Santa Eufemia. Por las tardes, un taxi lo recogía sobre las tres para visitar a su hermana en una residencia de ancianos. El 31 de diciembre del 2001 no llegó al portal. Su retraso alarmó al taxista y éste alertó a un hermano de su cliente. Entraron en casa y encontraron el cuerpo. La sangre en el suelo era más que un indicio. Lo habían degollado. La jueza de guardia ordenó el levantamiento del cadáver sobre las cinco y media. Para poco más sirvió la autopsia, sino para situar la muerte entre las ocho y las diez de la mañana. A partir de ahí, conjeturas. Dos robos seguidos Días antes había sufrido en su casa el robo de unas tarjetas de crédito, pero esa fuente no aportó pista alguna. La policía lo investigó todo, incluyendo, con la consiguiente incomodidad, su entorno más próximo. El caso llegó a estar, entre el 8 de enero y el 13 de marzo, bajo secreto sumarial. A finales de mayo dictó la jueza el sobreseimiento provisional y archivo de las actuaciones. Había, según constataba en su auto, una evidente infracción penal, pero, de lo actuado, «no existen motivos suficientes para atribuir su perpretación a persona alguna determinada». La Audiencia Provincial confirmó ese archivo el 17 de julio. Punto. La policía, mientras, seguía desorientada. Que el origen del caso fuese un robo es, según las pesquisas, la explicación más verosímil. El botín, eso sí, fue necesariamente escaso, pues, en contra de la impresión que algunas personas de la zona tenían, pocos eran los objetos de valor que el inquilino tenía en la casa. Ni antigüedades ni tampoco grandes sumas de dinero. Todas las posibilidades La policía investigó todas las posibilidades. Todas. Sin olvidar que entre la Alameda y esta calle se ha consolidado en los últimos tiempos una zona de prostitución más o menos tolerada. En algún momento se llegó a especular con la posibilidad de que la víctima franquease la puerta a quienes luego lo mataron, pero no, se concluyó que los asaltantes aprovecharon el momento en que César pretendía salir a misa, para empujarlo y entrar. Sin testigos. La víctima de este suceso era un hombre de costumbres, pulcro y cuidadoso en el vestir. Había trabajado en el sector de la pañería y confección. Todos los días salía en taxi. Cualquier delincuente de medio pelo pudo haberlo visto más de una vez, observar sus movimientos y sospechar, en una rápida deducción, que se trataba de un hombre rico. Golpe fallido Es una de las teorías que la policía mantiene. Que los ladrones actuasen con relativa frialdad, creyendo que iban a dar un buen golpe, o que estuviesen muy pasados en el momento. En uno u otro caso, el desenlace entra dentro de la lógica: navaja, exigencias de dinero, nerviosismo y corte mortal en el cuello. Pero no es más que eso, una probabilidad, sin nada a que aferrarse, pues los autores no dejaron en el lugar ni una maldita huella. Ni hubo movimientos de dinero, ni tampoco dieron pistas las tarjetas de crédito robadas. Tampoco la presencia de un equipo de homicidios de la unidad central de policía judicial, trasladado expresamente a Ourense en el mes de octubre, dio los frutos que el ex comisario José García esperaba cuando, con más que evidente retraso, los llamó. Sólo una casualidad, una extemporánea confidencia, o una venganza, hará posible el esclarecimiento del caso. Mientras, ocupará un lugar de privilegio en la estantería de los casos sin resolver.