El implicado en la muerte de un indigente en abril pasado fue juzgado ayer por otra agresión con arma blanca Al entorno y a las peculiaridades de los ambientes marginales recurrió ayer el abogado de un acusado de lesiones para articular su defensa por un suceso del pasado verano. El imputado, Silverio Trigo, de 61 años, tiró entonces de navaja y la clavó a su oponente. Fue, según su letrado, en legítima defensa. El fiscal ve una agresión, sin más, por lo que pide tres años de cárcel para este hombre, cuya vida se complicó hace un mes al confesarse autor de otras puñaladas, que acabaron con un compañero y amigo.
29 may 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Silverio Trigo está en Pereiro desde el pasado 26 de abril. Ese día, de madrugada, se presentó en la comisaría de policía para confesarse autor de la muerte de su amigo y compañero Domingo Domínguez, con quien okupaba un edificio abandonado. Discutieron, echó mano de su eterna compañera la navaja y con ella le asestó dos certeros y mortales golpes. Ayer se le juzgaba por un episodio anterior, un caso aislado e independiente, pero era inevitable que saliese a la luz el pasado de Silverio, con un historial que, como detalló el fiscal, incluye cinco condenas por robo, cuatro por tenencia ilícita de armas, una por amenazas, una por lesiones, un hurto y otra por utilización ilegítima de vehículo ajeno. Delincuencia El fiscal, Julián Pardinas, se empleó con especial contudencia a la hora de reclamar una condena, reprochando de forma expresa y directa las alusiones del defensor a que la víctima del suceso tuviese un amplio historial delictivo, como también por mostrar un perfil del acusado como un «pobre jornalero que carece de instrucción y actúa por instinto de supervivencia». Que Silverio discutió con el herido sobre las ocho y media de la tarde del pasado 3 de julio es algo que el acusado admitió, como que había sacado su navaja para «pinchar» a su oponente. Igual de indiscutible es que éste sufrió una herida, que precisó atención médica y que el acusado esperó a la policía para entregar la navaja y decir, de acuerdo con el testimonio de uno de los agentes, que era una lástima la rapidez de la intervención policial, pues, de otro modo, el herido se hubiera desangrado. Sin negar los hechos, el defensor del acusado, Amadeo Rodríguez, llamó la atención de la titular del Juzgado de lo Penal número 2, a la que corresponde el caso, sobre las circunstancias que rodean el incidente. La escala de valores es diferente, subrayó, en un ambiente normal, urbano y educado, y en el entorno de marginalidad, prostitución, drogadicción y delincuencia que delimita este episodio. Las relaciones personales son, en este ambiente, tan precarias como inútil es la oratoria. Aquí, quien golpea primero, sobrevive. Y quien se despista, arriesga su vida, resumió el abogado en una exposición que concluyó con una petición de libre absolución, dado que, en su opinión, el proceder del acusado entra dentro de la legítima defensa. Esperó a la policía, porque nada tenía que ocultar. Sólo había hecho algo útil para salvar su vida. Al menos desde su punto de vista.