Las riberas del Miño ofrecen un dramático panorama tras las riadas de diciembre, que transformaron las orillas en auténticos pedregales La naturaleza demostró su fuerza. Caudales de más de 5.800 metros cúbicos -la media anual es de 260- y hasta doce metros de altura sobre el nivel habitual del río. Semejante masa de agua sólo podía dejar a su paso la desolación, la misma que a día de hoy muestran las orillas del Miño una vez que el cauce ha descendido, aunque todavía va crecido.
01 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Habrán de pasar muchos años hasta que cicatricen las heridas que muestran las riberas. Los taludes, ayer repletos de vegetación, no son más que inmensos pedregales donde descansan, tumbados, los jóvenes chopos que poblaban las orillas hace apenas cuatro meses. En el complejo de Oira, el césped sobrevive a duras penas bajo un manto de arena, los caminos están llenos de tuberías al aire libre, las barandillas retorcidas y los bancos y barbacoas destrozados. Los vecinos todavía recuerdan con espanto aquellos días. Charo reside junto al cruce de Oira y por entonces vivía asomada a la galería de su casa, vigilando la crecida. Pero el agua la rodeaba, ya que llegaba al bajo de su vivienda desde las zonas altas camino del río. Momento para las quejas Julio Vázquez, gerente de El Pato Rojo, lamenta la escasa atención que se le presta a Oira. Reconoce que aún es pronto para las tareas de reparación, pero señala que esta zona merece más inversiones. «Con la primavera son muchas las excursiones que paran aquí para que la gente coma y se van a encontrar con este lamentable panorama». Es un área de esparcimiento, subraya, «pero siempre estuvo abandonada. La riada ahora no es más que una disculpa». Las propiedades de los vecinos más próximas al cauce ofrecen un espectáculo aterrador. Cierres destrozados, parcelas llenas escombros y plásticos a modo de racimo en viñas arrasadas. Aguas abajo, la playa de La Antena es historia y el paseo peatonal que discurre bajo la N-120 carece de losetas en varios tramos. Hacia Reza más de lo mismo. El paseo de las Ninfas aún muestra los daños provocados por la riada, que se observan perfectamente desde la orilla derecha. En esta ribera, por contar con menos dotaciones, los daños no fueron tan cuantiosos, pero también se ha transformado en un pedregal.