Estaba leyendo el miércoles La mochila, el libro que acaba de publicar Ander Izagirre sobre la vida de Alberto Muñagorri, a quien, con diez años, le estalló una bomba de ETA en Rentería y lo dejó sin una pierna, sin un ojo, con los tímpanos destrozados y una vida de secuelas físicas y psicológicas. Ander recrea muy bien el ambiente de aquellos años finales de los setenta y principios de los ochenta, tiempos ciegos, invivibles, de odio y violencia. Ya se me habían olvidado. Los viví en Pamplona, mientras estudiaba Periodismo con Goyo Ordóñez, asesinado unos años después. Dos bombas me estallaron a pocos metros. Fui asediado por la calle sin que ninguno de los que me rodearon supiera nada de mí. Acuchillaron a un amigo. En fin, nada comparado con lo de Rentería. Pero en ese estado de ánimo me sentó especialmente mal lo ocurrido en A Coruña.
Vinieron a mi clase el jueves para llamar a una concentración en protesta por la carga policial del día anterior. Dijeron que había tres manifestantes en el hospital. Les pregunté: «¿Y policías?». Fueron sinceros: «Doce». Varios de mis alumnos habían ido a la manifestación y me hubiera muerto de pena si les hubiera pasado algo por culpa de los violentos. Otros estudiantes, como algunos profesores de la facultad, son hijos de guardias y policías. No habían estado sus padres allí, por supuesto. Pero los que estuvieron hacían su trabajo y también tienen hijos. Nos representan y para eso les pagamos entre todos.
Comprendo que la izquierda intente que Vox medre. Les ayuda a movilizar a los suyos. Pero nunca a costa de producir desgarros en la convivencia. El jueves, alguno de los alumnos que participó en la manifestación se sentía manipulado.